Cada verano se repite la misma tragedia. El humo cubre el cielo, las llamas devoran miles de hectáreas, los vecinos son desalojados de sus casas y los equipos de extinción se juegan la vida intentando contener un fuego que, en ocasiones, parece imparable.
Y, casi al mismo tiempo, también se repite otro fenómeno: las redes sociales se llenan de mensajes buscando culpables.
Unos responsabilizan al gobierno de turno por no invertir lo suficiente en prevención. Otros culpan a administraciones anteriores por haber abandonado los montes durante años. No faltan quienes denuncian la escasez de medios materiales o humanos, mientras otros centran el debate en el cambio climático o en la intencionalidad de algunos incendios.
Cada cual señala en una dirección distinta, generalmente hacia quien piensa diferente.
Sin embargo, cabe preguntarse si ese debate sirve realmente para evitar que el próximo verano volvamos a contemplar las mismas imágenes.
Porque un gran incendio no comienza cuando aparece la primera llama.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando un campo de cultivo se abandona y, poco a poco, es invadido por matorrales. Cuando desaparecen los rebaños que durante siglos mantuvieron limpio el monte. Cuando los aprovechamientos forestales dejan de ser rentables y el bosque deja de cuidarse porque ya no proporciona un modo de vida. Empieza cuando los pueblos del interior pierden población y cada vez quedan menos personas viviendo del monte y para el monte.
Y, por supuesto, también influye un clima cada vez más extremo, con veranos más largos, temperaturas más elevadas y periodos de sequía que convierten cualquier chispa en un peligro potencial.
La causa inmediata de un incendio puede ser un rayo, una imprudencia o un acto intencionado. Pero que ese incendio se convierta en una catástrofe depende, en gran medida, del estado del territorio.
España cuenta con algunos de los mejores profesionales del mundo en la lucha contra incendios. Bomberos forestales, brigadas, pilotos de hidroaviones, helicópteros, agentes medioambientales, Protección Civil, la UME y tantos otros realizan un trabajo admirable que merece todo nuestro reconocimiento.
Pero ellos mismos repiten una idea que conviene no olvidar: por muchos medios que existan, hay incendios que resultan prácticamente imposibles de detener cuando encuentran un monte saturado de combustible vegetal y unas condiciones meteorológicas extremas.
Por eso quizá haya llegado el momento de invertir más esfuerzos en prevenir que en lamentar.
Existen soluciones. No son sencillas ni ofrecen resultados inmediatos, pero sí parecen razonables.
Una de ellas consiste en recuperar la ganadería extensiva. Durante generaciones, cabras, ovejas y vacas mantuvieron limpio el sotobosque de forma natural. Hoy muchos técnicos consideran que favorecer este tipo de pastoreo puede convertirse en un magnífico aliado para reducir el riesgo de grandes incendios, al tiempo que ayuda a mantener población y actividad económica en las zonas rurales.
También es necesario recuperar la gestión forestal. Un bosque no tiene por qué ser un espacio intocable. Extraer madera de forma sostenible, aprovechar la biomasa, limpiar cortafuegos o realizar quemas controladas durante las épocas adecuadas son actuaciones que reducen notablemente la carga de combustible.
Igualmente importante sería recuperar el paisaje en mosaico que durante siglos caracterizó buena parte de nuestro territorio, alternando bosques, cultivos y pastos. Cuando el fuego encuentra barreras naturales, pierde intensidad y resulta mucho más fácil combatirlo.
Y, sobre todo, deberíamos comprender que la prevención no puede limitarse a los meses de verano. Los incendios se apagan en julio y agosto, pero se previenen durante los doce meses del año.
Todo ello exige inversiones, planificación y acuerdos que vayan más allá del calendario electoral. Porque el bosque no entiende de legislaturas ni las llamas distinguen entre gobiernos de un signo u otro.
Resulta legítimo exigir responsabilidades a quienes gestionan los recursos públicos. Pero reducir el problema a una simple discusión partidista quizá sea una forma de tranquilizar nuestra conciencia sin afrontar la complejidad del problema.
Tal vez la pregunta más útil no sea quién tiene la culpa, sino qué estamos dispuestos a hacer para que dentro de veinte años nuestros montes sean más seguros que los de hoy.
Buscar culpables proporciona una satisfacción inmediata. Buscar soluciones exige más trabajo, más diálogo y más constancia.
Pero solo las soluciones consiguen que el próximo verano haya menos humo, menos miedo y menos bosque convertido en cenizas.
¿Seremos capaces de dedicar a la prevención el mismo interés que mostramos cuando el fuego ya está delante de nuestras casas?

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