Hay algo que está cambiando nuestra forma de convivir. No ha ocurrido de un día para otro. Ha sido poco a poco, casi sin darnos cuenta.
Antes discutíamos sobre ideas.
Ahora discutimos sobre etiquetas.
Ya no importa tanto lo que alguien piensa como el grupo al que se supone que pertenece.
Si propone una buena idea pero es "de los otros", deja automáticamente de ser buena.
Y si la misma idea la presenta "los nuestros", pasa a convertirse en brillante.
Hemos sustituido el razonamiento por el carnet de identidad ideológico.
Nos han convencido de que solo existen dos bandos.
Izquierda o derecha.
Progres o fachas.
Feministas o machistas.
Creyentes o ateos.
Europeístas o patriotas.
Como si la realidad pudiera reducirse a una colección de casillas donde cada uno debe escoger una.
Pero la inmensa mayoría de los españoles no vivimos así.
La mayoría simplemente queremos trabajar, educar a nuestros hijos, cuidar de nuestros mayores, disfrutar de nuestros amigos y vivir tranquilos.
Sin embargo, cada día alguien intenta decirnos con quién debemos enfadarnos.
Las redes sociales amplifican esa división.
Los programas de televisión viven de ella.
Muchos partidos políticos la necesitan para movilizar a sus votantes.
Porque un ciudadano enfadado vota con más facilidad que uno que reflexiona.
Y cuanto más enfrentados estamos entre nosotros, menos preguntamos por los verdaderos problemas.
Mientras discutimos sobre símbolos, otros deciden sobre la vivienda, la sanidad, la educación, las pensiones o los impuestos.
La polarización se ha convertido en una cortina de humo extraordinariamente eficaz.
No se trata de renunciar a las ideas.
Ni mucho menos.
Se trata de recuperar algo que parece haberse perdido: la capacidad de escuchar.
Una buena propuesta sigue siendo buena aunque venga del adversario.
Una mala idea sigue siendo mala aunque la defienda quien pensamos que tiene razón en otras cuestiones.
Y una persona no vale más ni menos por votar a un partido, creer en Dios o no creer, ser conservadora o progresista.
La inteligencia consiste precisamente en juzgar cada asunto por separado.
No por el color de quien lo defiende.
Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos de qué lado está alguien.
Y empezar a preguntarnos simplemente si tiene razón.
Porque cuando una sociedad deja de pensar y empieza únicamente a alinearse con su bando, deja de ser una sociedad de ciudadanos para convertirse en una colección de hinchas.
Y los hinchas son fáciles de dirigir.
Los ciudadanos libres, no.
El mayor triunfo de la polarización no es que pensemos diferente, sino que dejemos de pensar por nosotros mismos.
