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martes, 17 de marzo de 2026

Fútbol sin prisa: una oportunidad perdida en Villarreal

Ayer por la mañana, con ese sol amable que invita más a salir que a quedarse en casa, pasé por delante del Centre Esportiu Municipal. Instalaciones impecables, amplias, bien cuidadas… y completamente vacías. Ni un balón rodando. Ni una voz. Ni un solo indicio de vida.

Y no pude evitar hacer una comparación que, cuanto más la pienso, más sentido tiene.

Los ciclistas jubilados —entre los que me incluyo— no necesitamos que nadie nos empuje demasiado para salir. Nos organizamos, quedamos, rodamos en grupo, hablamos, reímos y, casi sin darnos cuenta, hacemos ejercicio, socializamos y le plantamos cara al paso del tiempo. Hay disciplina, sí, pero también hay rutina compartida. Y eso es clave.

Sin embargo, los aficionados al fútbol, que son muchos más, desaparecen del mapa deportivo en cuanto cuelgan las botas “oficialmente”. ¿Por qué?

No será por falta de instalaciones. Ahí están, como vi ayer: disponibles, infrautilizadas, esperando.

Tampoco será por falta de afición. En Villarreal, el fútbol no es solo un deporte, es casi una identidad.

La respuesta, probablemente, está en cómo entendemos el fútbol. Lo asociamos a la competición, al esfuerzo intenso, al choque, a la exigencia física. Y claro, llegado cierto momento, muchos piensan: “esto ya no es para mí”.

Pero esa visión es limitada. Y, en cierto modo, injusta.

Porque el fútbol también puede ser otra cosa.


Puede ser pasear el balón, hacer rondos, chutar suavemente a portería, esquivar conos, moverse sin prisas. Puede ser, en definitiva, una actividad adaptada, sin impacto, sin riesgo innecesario, pero con todos los beneficios: ejercicio moderado, coordinación, estímulo mental… y, sobre todo, compañía.

¿De verdad no merece la pena intentarlo?

Aquí es donde entra en juego el Ayuntamiento. No se trata de grandes inversiones ni de proyectos faraónicos. Basta con algo mucho más sencillo —y, precisamente por eso, más eficaz—: abrir las instalaciones municipales en horarios específicos para mayores, promover encuentros informales, quizá con algún monitor que oriente ejercicios básicos, y lanzar el mensaje de que el fútbol también es para la tercera edad.

Sin presión. Sin marcadores. Sin lesiones.

Solo balón, movimiento y conversación.

En una sociedad donde tanto se habla —y con razón— de combatir la soledad no deseada, esta podría ser una medida tan humilde como transformadora. Porque no todo pasa por grandes programas sociales: a veces basta con facilitar que la gente se encuentre.

Que salga de casa.

Que tenga un motivo.

Ayer, en ese campo vacío, no vi solo una instalación sin uso. Vi una oportunidad.

Una oportunidad para que muchos vecinos recuperen una parte de su vida que creían perdida.

Una oportunidad para que Villarreal vuelva a llenarse de balones… aunque rueden más despacio.

Y una oportunidad para que el Ayuntamiento demuestre que entiende algo fundamental: que envejecer no es parar, sino adaptarse.

El resto, como siempre, depende de que alguien decida dar el primer pase.

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