Hay algo que desconcierta a cualquiera que intente entender la economía sin consignas.
Unos nos dicen que España va como un cohete. Otros nos recuerdan que la deuda no deja de crecer. Y uno, ciudadano de a pie que paga impuestos y sufre los servicios públicos, se pregunta: ¿nos están tomando el pelo… o estoy mirando mal los números?
La respuesta incómoda es que ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
El país que crece
Cuando desde el Gobierno o desde determinados organismos se afirma que “España va bien”, no es una frase lanzada al aire.
Se apoyan en datos reales:
-
Crecimiento del PIB por encima de la media de la Unión Europea en los últimos años.
-
Récord de afiliación a la Seguridad Social.
-
Turismo en cifras históricas.
-
Llegada masiva de fondos europeos.
En términos macroeconómicos, España produce más que antes y tiene más gente trabajando que nunca.
Eso es cierto.
Pero el ciudadano no vive el PIB. Vive el ambulatorio saturado, el tren que no llega y la carretera que parece un queso gruyer.
El país que se endeuda
Mientras el PIB crece, la deuda pública sigue aumentando en términos absolutos.
Aquí está la trampa estadística que casi nadie explica con claridad:
-
Si la economía crece, la ratio deuda/PIB puede estabilizarse o incluso bajar un poco.
-
Pero si el Estado sigue gastando más de lo que ingresa, la deuda total sigue creciendo.
Y España lleva años en déficit estructural. Es decir, incluso en tiempos de crecimiento, seguimos gastando más de lo que recaudamos.
Traducido: estamos viviendo razonablemente bien… pero a crédito.
¿Por qué no se reduce la deuda en época de bonanza?
Es lo que hace cualquier familia prudente.
El problema es que los gobiernos no funcionan como una familia, sino como una maquinaria electoral a cuatro años vista.
Reducir deuda implica:
-
Recortar gasto (impopular).
-
Subir impuestos (más impopular).
-
O crecer de forma extraordinaria sin disparar el gasto (poco habitual).
Y el político vive en el corto plazo.
¿Entonces por qué no mejora la sensación en la calle?
Porque el crecimiento no se traduce automáticamente en mejor gestión.
Gran parte del gasto público está comprometido en partidas rígidas: pensiones, salarios públicos, prestaciones e intereses de deuda. Eso deja menos margen para inversión real en infraestructuras o mejora de servicios.
Además, el modelo territorial multiplica estructuras, duplicidades y capas administrativas. Cada nivel tiene su presupuesto, su aparato y sus prioridades.
El resultado es paradójico:
-
Más gasto público que nunca.
-
Más presión fiscal que hace diez años.
-
Y, sin embargo, servicios que no mejoran al ritmo que el ciudadano esperaría.
No es necesariamente falta de dinero. Es estructura y prioridades.
El papel del Banco Central
Otro factor que suaviza el problema es que, mientras los mercados sigan financiando la deuda española sin grandes sobresaltos y el Banco Central Europeo mantenga la estabilidad financiera, no hay sensación de urgencia.
Mientras el crédito fluya, la tentación de posponer ajustes es enorme.
Pero la historia económica enseña algo muy simple: las crisis no avisan con calendario.
Entonces… ¿España va bien o va mal?
Pero tampoco es una economía saneada y blindada frente al próximo golpe externo.
La realidad es más incómoda que el titular fácil:
-
Va razonablemente bien en crecimiento.
-
Va débil en sostenibilidad fiscal.
-
Y no está aprovechando los años buenos para reforzar cimientos.
Lo que falla no es tu percepción
Falla el debate público.
Entre ambos extremos, el ciudadano percibe algo más sencillo: paga más, recibe servicios que no mejoran al mismo ritmo y escucha discursos triunfalistas que no encajan con su experiencia diaria.
No es ignorancia. Es disonancia entre macroeconomía y vida real.
Y esa disonancia, tarde o temprano, pasa factura política.
Y ahora Irán: cuando la geopolítica llama a la puerta de nuestra deuda
Como si no tuviéramos suficiente con una deuda pública que ronda el 100% del PIB, aparece un viejo fantasma de la economía mundial: Oriente Medio.
La tensión en Irán y el riesgo de cierre del Estrecho de Ormuz no es un conflicto lejano que solo afecte a los telediarios. Por ese estrecho pasa aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Si se bloquea —aunque sea parcialmente— el impacto es inmediato: el petróleo sube, el gas sube y la inflación vuelve a asomar.
Y aquí es donde España entra en escena.
Energía más cara = inflación importada
-
Gasolina
-
Transporte
-
Electricidad
-
Costes industriales
-
Cesta de la compra
Es el impuesto invisible de la geopolítica.
¿Y qué tiene que ver esto con la deuda?
Si la energía sube:
-
Sube la inflación.
-
El Banco Central Europeo se ve forzado a no bajar tipos —o incluso a endurecerlos si la inflación repunta.
-
Mantener tipos altos implica que el Tesoro español se financia más caro.
Con más de un billón largo de deuda, cada punto adicional de interés no es una anécdota: son miles de millones extra en pago de intereses. Dinero que no va a sanidad, ni a pensiones, ni a inversión productiva. Va a cubrir el coste de habernos endeudado.
El riesgo silencioso: menos crecimiento
Petróleo caro es menor renta disponible para familias y mayores costes para empresas. Eso enfría el consumo y la inversión. Si el crecimiento se ralentiza:
-
Se recauda menos.
-
El déficit puede aumentar.
-
La ratio deuda/PIB empeora… aunque el Gobierno no gaste un euro más.
Es la trampa perfecta: inflación por energía + menor crecimiento. Una especie de mini estanflación importada.
¿Estamos preparados?
¿Puede España permitirse un shock energético serio con el nivel de deuda que arrastra?
Cuando la economía va bien, la deuda parece manejable. Cuando llega una crisis externa, se convierte en una vulnerabilidad estructural.
Y la historia económica es clara: los países muy endeudados tienen menos margen de maniobra cuando el mundo se complica.


No hay comentarios:
Publicar un comentario