Vivimos tiempos recios. No hace falta encender mucho la televisión para comprobarlo. Y cuando los tiempos se revuelven, los ciudadanos —todos— buscamos pequeños anclajes de seguridad. Uno de ellos, quizá el más elemental, es poder mirarnos a la cara.
Porque el rostro no es solo una cuestión estética. Es identidad. Es confianza. Es reconocimiento. Es humanidad compartida.
Vaya por delante algo que considero innegociable: me opongo frontalmente a cualquier forma de denigración de la mujer. Y me inquieta que, en pleno siglo XXI, haya mujeres que transiten nuestras calles cubiertas con burka o niqab, prendas que, según parece, encuentran su justificación en interpretaciones religiosas del islam. Pero el debate no debería plantearse desde la caricatura ni desde el rechazo instintivo.
La cuestión, a mi juicio, no es religiosa. Es cívica. En una sociedad abierta, donde compartimos espacio público, normas y responsabilidades, ¿es razonable que no podamos identificar el rostro de quien tenemos delante? No hablo de perseguir creencias. Hablo de convivencia. En tiempos de incertidumbre, todos nos sentimos más tranquilos cuando el que se cruza con nosotros en la acera tiene cara, mirada y expresión.
Ahora bien, prohibir sin más tampoco parece la solución mágica. Antes de legislar a golpe de titular, convendría entender el porqué.
Habrá mujeres que usen estas prendas convencidas de su conveniencia. En esos casos, la respuesta no puede ser la imposición desde fuera. La educación —no el adoctrinamiento—, el contacto cultural, la experiencia de vivir en una sociedad donde hombres y mujeres gozan de iguales derechos, puede ir generando cambios más sólidos que cualquier decreto.
Sancionar a la portadora puede resultar injusto si es, en realidad, la parte débil. Y limitarse a prohibir sin acompañar la medida de políticas de integración, protección y apoyo puede dejar a muchas más expuestas que antes.
Quizá el enfoque debería desplazarse: menos centrado en la prenda y más en la libertad real de quien la viste. Más protección efectiva frente a la coacción. Más educación en igualdad dirigida también —y sobre todo— a los hombres. Porque cambiar mentalidades no es fácil, pero es la única vía que produce transformaciones duraderas.
El debate, por tanto, no es “burka sí” o “burka no”. El debate es qué tipo de sociedad queremos ser: una que reacciona con prohibiciones inmediatas o una que, sin renunciar a la seguridad y a la convivencia, pone el foco en la dignidad y la autonomía de la persona.
Yo lo tengo claro: el espacio público debe ser un lugar de encuentro entre ciudadanos reconocibles y responsables. Pero también debe ser un espacio donde ninguna mujer —de ninguna religión— viva sometida.
Si algo necesitamos en estos tiempos revueltos es menos eslogan y más reflexión. Y, sobre todo, no olvidar que detrás de cada prenda hay una persona. Y esa persona merece algo más que un titular.
Si mañana se prohibiera el burka, ¿a quién estaríamos protegiendo realmente?
¿A la sociedad… o a nuestra sensación de control?
Y si no se prohibiera nunca, ¿estaríamos amparando la libertad… o tolerando una posible sumisión?
No es un debate sencillo. Y precisamente por eso merece algo más que consignas.
Les leo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario