Durante siglos, la diplomacia fue considerada un oficio sofisticado. Un diplomático era alguien capaz de decir “no” sin ofender, de negociar sin levantar la voz y, sobre todo, de evitar que los conflictos pasaran de las palabras a los hechos. Era el arte de arreglar problemas antes de que se convirtieran en catástrofes.
Hoy, viendo el panorama internacional —y también algunas decisiones que se toman más cerca de casa— uno diría que esa definición se ha extraviado en algún cajón ministerial.
Basta escuchar ciertas declaraciones oficiales, seguir algunos intercambios entre gobiernos o contemplar cómo se gestionan determinadas crisis para sospechar que la diplomacia contemporánea ha sido redefinida con criterios bastante más… creativos. En ocasiones parece que el objetivo no es resolver los problemas, sino añadirles un par más.
Tal vez algo así:
DIPLOMACIA
No es que falten diplomáticos, o sí. Lo que parece escasear es la diplomacia. En su lugar proliferan las declaraciones altisonantes, los gestos teatrales, los desplantes protocolarios y las frases pensadas más para las redes sociales que para resolver conflictos.
Desde Bruselas, donde a veces se habla mucho de consenso mientras cada país tira discretamente de la cuerda hacia su propio lado, hasta Moncloa, donde no siempre se distingue entre política exterior y política interior, el espectáculo de la diplomacia moderna ofrece momentos dignos de estudio… o de comedia.
Antes los diplomáticos hablaban poco y negociaban mucho. Hoy algunos hablan mucho… y negocian poco.
La diplomacia clásica buscaba enfriar tensiones; la versión actual, a veces, parece diseñada para calentarlas. Se confunde firmeza con ruido, liderazgo con gesticulación y estrategia con improvisación.
Quizá sea simplemente el signo de los tiempos: en la era de la política espectáculo, hasta la diplomacia corre el riesgo de convertirse en un número más del programa.
El problema es que, mientras los espectadores aplauden o abuchean desde sus pantallas, los conflictos reales siguen ahí fuera. Y esos, por desgracia, no se resuelven con aplausos ni con declaraciones ingeniosas.
Se resuelven con diplomacia.


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