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viernes, 31 de julio de 2026

Ceuta: cuando las palabras ya no bastan

Cada cierto tiempo, las imágenes vuelven a repetirse. Cientos o miles de personas intentando cruzar la frontera de Ceuta. Jóvenes, en su inmensa mayoría hombres, que llegan a nado, bordeando los espigones o intentando superar los controles fronterizos.

Y cada vez surge la misma discusión: ¿debemos hablar de "flujos migratorios" o de algo distinto?

Las palabras importan. "Migración" evoca un movimiento de personas que buscan una vida mejor. Es un fenómeno tan antiguo como la propia humanidad. España ha sido durante décadas un país de emigrantes y nadie puede negar que muchas personas abandonan su tierra empujadas por la pobreza, la falta de oportunidades o la inestabilidad.

Pero cuando la entrada se produce de forma masiva, organizada y supera la capacidad de control de un Estado, muchos ciudadanos dejan de identificarla con una simple migración. La perciben como una presión sobre la frontera nacional.

No se trata de demonizar a quienes llegan. Cada persona tiene una historia distinta y merece un trato digno y respetuoso. Sin embargo, tampoco parece razonable ignorar una realidad evidente: quienes protagonizan estos episodios suelen ser personas jóvenes y físicamente capaces, no familias enteras con niños pequeños ni ancianos que huyen de una guerra.

Eso cambia la percepción social del fenómeno.

Ceuta no es una ciudad cualquiera. Ceuta es España. Y, por tanto, también es frontera de la Unión Europea.

Si cualquier Estado tiene derecho a decidir quién entra en su territorio y en qué condiciones, ¿por qué resulta incómodo decirlo cuando hablamos de España?

Defender el control de las fronteras no equivale a rechazar la inmigración. Son dos cuestiones distintas.

España necesita inmigración. La evolución demográfica, el mercado laboral y el sistema de pensiones hacen difícil sostener lo contrario. Pero precisamente por eso resulta aún más importante que esa inmigración sea ordenada, legal y planificada.

Una sociedad integra mejor a quien llega cuando puede ofrecerle vivienda, formación, empleo y oportunidades reales. La improvisación solo genera frustración para todos: para quienes llegan y para quienes ya viven aquí.

El verdadero debate no debería ser si estamos a favor o en contra de la inmigración.

La pregunta debería ser otra:

¿Puede un Estado renunciar al control efectivo de sus fronteras sin poner en riesgo la convivencia y la confianza de sus propios ciudadanos?

En democracia, hacerse esa pregunta no debería convertir a nadie en xenófobo.

Tampoco responder que toda inmigración es necesariamente positiva debería ser la única postura moralmente aceptable.

Entre el rechazo absoluto y el llamado "buenismo" existe un amplio espacio para el sentido común.

Ese sentido común pasa por ayudar a quien realmente necesita protección internacional, perseguir las mafias que trafican con seres humanos, cooperar con los países de origen y, al mismo tiempo, garantizar que las entradas en España se produzcan por vías legales, con identificación, control y un proyecto de integración.

Porque la solidaridad también necesita organización.

Y porque un país puede ser acogedor sin dejar de ejercer su derecho —y su obligación— de proteger sus fronteras.

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miércoles, 29 de julio de 2026

Limpiar el monte: una solución sencilla para un problema complejo

Cada vez que un gran incendio arrasa miles de hectáreas, resurge el mismo debate: "Lo que hace falta es limpiar los montes."

Es una afirmación tan repetida que casi nadie se detiene a pensar qué significa exactamente, porque limpiar un monte no es pasar una escoba.

¿Está prohibido limpiar los montes?

Probablemente ésta sea la primera pregunta que conviene responder.

En los últimos años se ha extendido la idea de que las leyes ambientales o la llamada Agenda 2030 impiden limpiar los bosques. Sin embargo, la legislación estatal y autonómica no dice eso. Al contrario: la normativa obliga a la prevención y atribuye responsabilidades tanto a las administraciones como, en determinados casos, a los propietarios privados. Lo que sí ocurre es que muchas actuaciones requieren autorización o deben ajustarse a planes de gestión para evitar daños ambientales o riesgos durante la época de incendios.

Entonces, si no está prohibido...¿Por qué da la impresión de que tantos montes están abandonados?

Un problema de propietarios

En España, una parte muy importante de la superficie forestal pertenece a propietarios particulares.

Y aquí aparece la primera dificultad.

Muchos propietarios poseen parcelas pequeñas, heredadas hace décadas, algunas incluso repartidas entre varios herederos que viven a cientos de kilómetros.

Limpiar una parcela puede costar bastante más de lo que esa parcela produce en toda una vida.

¿Quién va a invertir miles de euros en un terreno que no genera ningún ingreso?

Desde un punto de vista legal podría decirse que el propietario tiene obligaciones.

Desde un punto de vista económico, muchas veces simplemente no puede asumirlas.

Y ahí empieza el verdadero problema.

El monte dejó de ser una fuente de riqueza

Nuestros abuelos limpiaban el monte constantemente, no porque existiera una conciencia ecológica especial. Lo hacían porque el monte era útil. Se recogía leña, se hacía carbón, se aprovechaba la madera, se cortaba maleza para los animales, había pastores, había agricultores, había gente viviendo del monte. Hoy casi todo eso ha desaparecido.

Y cuando el monte deja de ser rentable, también deja de cuidarse.

Quizá ésta sea una de las grandes diferencias entre el paisaje de hace cincuenta años y el actual.

¿Y si el ganado volviera?

Cada vez más ingenieros forestales y gestores del territorio defienden recuperar el pastoreo extensivo, no como la única solución, pero sí como una herramienta muy eficaz.

Cabras y ovejas eliminan gran parte del matorral que sirve de combustible, las vacas mantienen abiertas muchas zonas, además generan actividad económica y ayudan a fijar población en el medio rural.

Es una solución que tiene algo de sentido común: utilizar un sistema que funcionó durante siglos antes de que existieran las desbrozadoras o los helicópteros. Existen incluso experiencias actuales de silvopastoreo con resultados positivos.

¿Debe limpiar cada propietario?

En teoría, parece razonable, pero en la práctica, resulta mucho más complicado.

Si un propietario limpia su parcela pero las diez colindantes permanecen abandonadas, el efecto es muy limitado. Los incendios no entienden de lindes ni de catastros.

Quizá por eso tenga más sentido hablar de planes conjuntos, incentivos y cooperación que de obligaciones aisladas.

Limpiar no significa arrasar

Aquí aparece otro malentendido.

Gestionar un monte no consiste en dejarlo pelado.

Los bosques cumplen funciones esenciales: protegen el suelo, conservan biodiversidad, regulan el agua y almacenan carbono. La gestión forestal consistiría pues, en encontrar un equilibrio entre conservar y reducir el exceso de combustible.

No todo árbol sobra, pero tampoco todo debe quedar intocable.

Tal vez la pregunta sea otra

Quizá llevamos años haciéndonos la pregunta equivocada.

En lugar de preguntarnos:

"¿Quién debe limpiar el monte?"

Tal vez deberíamos preguntarnos:

"¿Cómo conseguimos que el monte vuelva a tener valor?"

Porque cuando algo tiene valor económico, social o cultural, suele cuidarse. Cuando deja de tenerlo, termina abandonándose, y un monte abandonado es un monte que acumula combustible año tras año.

Una reflexión final

Cada verano discutimos sobre los incendios. Cada verano buscamos culpables. Cada verano prometemos aprender.

Y cada otoño el debate desaparece hasta el año siguiente.

Tal vez haya llegado el momento de entender que los incendios no son únicamente un problema de bomberos ni de helicópteros, son, sobre todo, un problema de gestión del territorio, y esa gestión no empieza cuando aparece la primera llama. Empieza mucho antes, cuando decidimos si queremos que nuestros montes sean simplemente un paisaje bonito o también un espacio vivo, cuidado y capaz de sostener actividad económica.

¿queremos montes limpios, pero quién va a pagarlo? 

Si exigimos que cada propietario asuma el coste, muchos no podrán. Si pedimos que lo haga la Administración, hablamos de miles de millones de euros. Si esperamos que lo haga el mercado, el monte debe volver a producir riqueza. Ahí es donde, probablemente, está el verdadero debate: no en si hay que limpiar el monte —eso genera bastante consenso—, sino en cómo hacerlo de forma sostenible, quién lo financia y cómo convertir esa obligación en una oportunidad para revitalizar el medio rural. Esa conversación es mucho más difícil que intercambiar culpables, pero también mucho más útil.


¿Y si organizáramos la prevención de otra manera?

Quizá haya llegado el momento de plantear fórmulas nuevas. Si aceptamos que la prevención es mucho más eficaz y económica que combatir un gran incendio, ¿por qué no organizarla de forma permanente?

Una posibilidad sería que los ayuntamientos, en colaboración con las comunidades autónomas, crearan un servicio estable de gestión forestal. Para financiarlo podría establecerse una pequeña tasa, asumible por los propietarios de parcelas forestales privadas, complementada con la partida presupuestaria que cada administración ya destina a la prevención de incendios y por la gestión de la biomasa que de ellos se pudiera extraer.

Con esos recursos podrían contratarse brigadas permanentes que trabajaran durante todo el año limpiando montes, manteniendo cortafuegos, acondicionando caminos forestales y retirando biomasa. Al tratarse de personal fijo y de una planificación continuada, el coste por hectárea sería muy inferior al que supone actuar de forma puntual cuando ya existe una emergencia.

Naturalmente, un sistema así debería ser justo. Quien ya mantiene su parcela en buenas condiciones no debería pagar lo mismo que quien la tiene completamente abandonada. Podrían establecerse bonificaciones o exenciones para quienes acreditaran una gestión adecuada de sus terrenos, convirtiendo la tasa no solo en un medio de financiación, sino también en un incentivo para la conservación.

Quizá incluso sería más eficaz que estas brigadas tuvieran un ámbito de actuación comarcal, porque el fuego no entiende de términos municipales. Compartir personal, maquinaria y planificación permitiría actuar allí donde el riesgo fuera mayor, sin las limitaciones que imponen los límites administrativos.

Es solo una propuesta, entre muchas posibles. Seguramente necesitaría estudios técnicos, cambios normativos y un amplio consenso político y social. Pero al menos tiene una virtud: intenta cambiar la pregunta.

En lugar de preguntarnos cada verano quién tiene la culpa de que los montes ardan, podríamos empezar a preguntarnos cómo organizamos, entre todos, el cuidado de un patrimonio que también es de todos.

Porque quizá el verdadero reto no sea apagar mejor los incendios, sino conseguir que cada vez haya menos incendios que apagar.

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viernes, 24 de julio de 2026

Incendios: buscar culpables o encontrar soluciones

Cada verano se repite la misma tragedia. El humo cubre el cielo, las llamas devoran miles de hectáreas, los vecinos son desalojados de sus casas y los equipos de extinción se juegan la vida intentando contener un fuego que, en ocasiones, parece imparable.

Y, casi al mismo tiempo, también se repite otro fenómeno: las redes sociales se llenan de mensajes buscando culpables.

Unos responsabilizan al gobierno de turno por no invertir lo suficiente en prevención. Otros culpan a administraciones anteriores por haber abandonado los montes durante años. No faltan quienes denuncian la escasez de medios materiales o humanos, mientras otros centran el debate en el cambio climático o en la intencionalidad de algunos incendios.

Cada cual señala en una dirección distinta, generalmente hacia quien piensa diferente.

Sin embargo, cabe preguntarse si ese debate sirve realmente para evitar que el próximo verano volvamos a contemplar las mismas imágenes.

Porque un gran incendio no comienza cuando aparece la primera llama.

Empieza mucho antes.

Empieza cuando un campo de cultivo se abandona y, poco a poco, es invadido por matorrales. Cuando desaparecen los rebaños que durante siglos mantuvieron limpio el monte. Cuando los aprovechamientos forestales dejan de ser rentables y el bosque deja de cuidarse porque ya no proporciona un modo de vida. Empieza cuando los pueblos del interior pierden población y cada vez quedan menos personas viviendo del monte y para el monte.

Y, por supuesto, también influye un clima cada vez más extremo, con veranos más largos, temperaturas más elevadas y periodos de sequía que convierten cualquier chispa en un peligro potencial.

La causa inmediata de un incendio puede ser un rayo, una imprudencia o un acto intencionado. Pero que ese incendio se convierta en una catástrofe depende, en gran medida, del estado del territorio.

España cuenta con algunos de los mejores profesionales del mundo en la lucha contra incendios. Bomberos forestales, brigadas, pilotos de hidroaviones, helicópteros, agentes medioambientales, Protección Civil, la UME y tantos otros realizan un trabajo admirable que merece todo nuestro reconocimiento.

Pero ellos mismos repiten una idea que conviene no olvidar: por muchos medios que existan, hay incendios que resultan prácticamente imposibles de detener cuando encuentran un monte saturado de combustible vegetal y unas condiciones meteorológicas extremas.

Por eso quizá haya llegado el momento de invertir más esfuerzos en prevenir que en lamentar.

Existen soluciones. No son sencillas ni ofrecen resultados inmediatos, pero sí parecen razonables.

Una de ellas consiste en recuperar la ganadería extensiva. Durante generaciones, cabras, ovejas y vacas mantuvieron limpio el sotobosque de forma natural. Hoy muchos técnicos consideran que favorecer este tipo de pastoreo puede convertirse en un magnífico aliado para reducir el riesgo de grandes incendios, al tiempo que ayuda a mantener población y actividad económica en las zonas rurales.

También es necesario recuperar la gestión forestal. Un bosque no tiene por qué ser un espacio intocable. Extraer madera de forma sostenible, aprovechar la biomasa, limpiar cortafuegos o realizar quemas controladas durante las épocas adecuadas son actuaciones que reducen notablemente la carga de combustible.

Igualmente importante sería recuperar el paisaje en mosaico que durante siglos caracterizó buena parte de nuestro territorio, alternando bosques, cultivos y pastos. Cuando el fuego encuentra barreras naturales, pierde intensidad y resulta mucho más fácil combatirlo.

Y, sobre todo, deberíamos comprender que la prevención no puede limitarse a los meses de verano. Los incendios se apagan en julio y agosto, pero se previenen durante los doce meses del año.

Todo ello exige inversiones, planificación y acuerdos que vayan más allá del calendario electoral. Porque el bosque no entiende de legislaturas ni las llamas distinguen entre gobiernos de un signo u otro.

Resulta legítimo exigir responsabilidades a quienes gestionan los recursos públicos. Pero reducir el problema a una simple discusión partidista quizá sea una forma de tranquilizar nuestra conciencia sin afrontar la complejidad del problema.

Tal vez la pregunta más útil no sea quién tiene la culpa, sino qué estamos dispuestos a hacer para que dentro de veinte años nuestros montes sean más seguros que los de hoy.

Buscar culpables proporciona una satisfacción inmediata. Buscar soluciones exige más trabajo, más diálogo y más constancia.

Pero solo las soluciones consiguen que el próximo verano haya menos humo, menos miedo y menos bosque convertido en cenizas.

¿Seremos capaces de dedicar a la prevención el mismo interés que mostramos cuando el fuego ya está delante de nuestras casas?

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domingo, 19 de julio de 2026

El Cristo del Hospital: una devoción con siete siglos de historia

Pocas imágenes despiertan en Vila-real una devoción tan profunda como el Santísimo Cristo del Hospital. Sin embargo, su historia es mucho más compleja de lo que habitualmente se conoce. En realidad, cuando hablamos del Cristo del Hospital no nos referimos únicamente a una imagen, sino a una tradición religiosa que ha acompañado a la ciudad desde sus orígenes y que ha sobrevivido a reformas, guerras y cambios sociales.

El hospital de Jaime I

La historia comienza prácticamente con la fundación de Vila-real.

En 1275, Jaime I autorizó la creación de un hospital destinado a atender enfermos, pobres y transeúntes, confiando la iniciativa a Pere Dahera y financiándola con los derechos del puente de Santa Quitèria. Aquel hospital quedó bajo la advocación de San Miguel y Santa Lucía y dispuso desde muy pronto de una capilla para el culto religioso.

Hoy, la capilla del Cristo del Hospital constituye el último vestigio de aquel edificio medieval.

Documentación


La capilla que hoy contemplamos

Aunque el hospital nació en el siglo XIII, el edificio actual es el resultado de diversas reformas.

Sabemos que en 1458 la familia Gil encargó un retablo al pintor Joan Rexach y que pocos años después promovió importantes obras en la capilla. Entre 1717 y 1732 se construyó el magnífico presbiterio barroco que todavía se conserva, decorado con ángeles, guirnaldas y medallones, obra atribuida al escultor vila-realense Josep Sebastià. Más recientemente, Joan Damià Bautista atribuyó las cuatro pinturas de la cúpula al pintor Evaristo Muñoz, una propuesta que amplía nuestro conocimiento del conjunto artístico.


¿Es el mismo Cristo que veneraron nuestros antepasados?

Probablemente ésta sea la cuestión más interesante.

La tradición popular afirmaba que el antiguo crucificado había pertenecido al propio Jaime I y que fue entregado por el monarca a la nueva villa. Mosén Benet Traver defendió esta idea con entusiasmo a comienzos del siglo XX.

Sin embargo, la investigación posterior ha sido más prudente. Los especialistas consideran que la imagen desaparecida durante la Guerra Civil no parece anterior al siglo XVI o XVII. Antoni Ferrando recuerda este debate y remite al estudio publicado por Joan Damià Bautista en Cadafal (1983), donde se revisan críticamente las fuentes documentales utilizadas por Traver.

En otras palabras, la tradición puede ser medieval, pero la escultura venerada durante siglos probablemente no lo era.


La desaparición del antiguo Cristo

Uno de los episodios más dolorosos de esta historia tuvo lugar en agosto de 1936.

La imagen histórica desapareció durante los acontecimientos de la Guerra Civil. Las publicaciones locales indican que fue destruida o expoliada, como ocurrió con numerosas obras del patrimonio religioso valenciano.

Aquella pérdida privó a Vila-real de una de sus imágenes más queridas y, probablemente, de una pieza artística de notable interés.


La imagen actual

Terminada la guerra, el escultor vila-realense Pascual Amorós realizó una nueva talla inspirada en la desaparecida.

Es el Cristo que actualmente preside la capilla y que continúa siendo objeto de la devoción de miles de vecinos.

Conviene recordar, sin embargo, que la continuidad de la devoción no depende de que la escultura sea la misma, sino del culto que la comunidad ha mantenido generación tras generación.


Un patrimonio vivo

La historia del Cristo del Hospital no terminó en 1939.

En 2014 fueron restaurados dos faldellines históricos utilizados para vestir la imagen entre finales del siglo XIX y principios del XX. Durante la restauración aparecieron ocultas varias cartas manuscritas dirigidas a Jesús por las religiosas del convento en los años cincuenta, un hallazgo tan emotivo como inesperado que hoy forma parte del patrimonio documental de la ciudad.


Una investigación todavía abierta

A pesar de los numerosos estudios publicados, quedan preguntas por responder.

¿Desde cuándo existe exactamente la devoción al Cristo del Hospital? ¿Cómo era la imagen desaparecida en 1936? ¿Se conservan fotografías anteriores a la guerra? ¿Qué documentos del Archivo Municipal pueden ayudarnos a reconstruir su historia?

Afortunadamente, contamos con investigadores que han abierto el camino. Los trabajos de Benet Traver, José María Doñate Sebastià, Joan Damià Bautista, Jacinto Heredia Robles y otros autores permiten acercarse con rigor a una de las devociones más antiguas de Vila-real.

Quizá el mayor interés de esta historia no resida únicamente en una escultura concreta, sino en comprobar cómo una misma devoción ha sabido atravesar siete siglos de la historia de la ciudad.


Para saber más

Éstas son las fuentes principales en las que se apoya este artículo y que cualquier lector puede consultar:

lunes, 13 de julio de 2026

Nos quieren divididos

Hay algo que está cambiando nuestra forma de convivir. No ha ocurrido de un día para otro. Ha sido poco a poco, casi sin darnos cuenta.

Antes discutíamos sobre ideas.

Ahora discutimos sobre etiquetas.

Ya no importa tanto lo que alguien piensa como el grupo al que se supone que pertenece.

Si propone una buena idea pero es "de los otros", deja automáticamente de ser buena.

Y si la misma idea la presenta "los nuestros", pasa a convertirse en brillante.

Hemos sustituido el razonamiento por el carnet de identidad ideológico.

Nos han convencido de que solo existen dos bandos.

Izquierda o derecha.

Progres o fachas.

Feministas o machistas.

Creyentes o ateos.

Europeístas o patriotas.

Como si la realidad pudiera reducirse a una colección de casillas donde cada uno debe escoger una.

Pero la inmensa mayoría de los españoles no vivimos así.

La mayoría simplemente queremos trabajar, educar a nuestros hijos, cuidar de nuestros mayores, disfrutar de nuestros amigos y vivir tranquilos.

Sin embargo, cada día alguien intenta decirnos con quién debemos enfadarnos.

Las redes sociales amplifican esa división.

Los programas de televisión viven de ella.

Muchos partidos políticos la necesitan para movilizar a sus votantes.

Porque un ciudadano enfadado vota con más facilidad que uno que reflexiona.

Y cuanto más enfrentados estamos entre nosotros, menos preguntamos por los verdaderos problemas.

Mientras discutimos sobre símbolos, otros deciden sobre la vivienda, la sanidad, la educación, las pensiones o los impuestos.

La polarización se ha convertido en una cortina de humo extraordinariamente eficaz.

No se trata de renunciar a las ideas.

Ni mucho menos.

Se trata de recuperar algo que parece haberse perdido: la capacidad de escuchar.

Una buena propuesta sigue siendo buena aunque venga del adversario.

Una mala idea sigue siendo mala aunque la defienda quien pensamos que tiene razón en otras cuestiones.


Y una persona no vale más ni menos por votar a un partido, creer en Dios o no creer, ser conservadora o progresista.

La inteligencia consiste precisamente en juzgar cada asunto por separado.

No por el color de quien lo defiende.

Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos de qué lado está alguien.

Y empezar a preguntarnos simplemente si tiene razón.

Porque cuando una sociedad deja de pensar y empieza únicamente a alinearse con su bando, deja de ser una sociedad de ciudadanos para convertirse en una colección de hinchas.

Y los hinchas son fáciles de dirigir.

Los ciudadanos libres, no.

El mayor triunfo de la polarización no es que pensemos diferente, sino que dejemos de pensar por nosotros mismos.

viernes, 10 de julio de 2026

El absentismo laboral: entre el derecho y la responsabilidad

Hablar del absentismo laboral es adentrarse en un terreno delicado. Bastan unas pocas palabras para que aparezcan posiciones enfrentadas: quienes piensan que las bajas médicas se conceden con demasiada facilidad y quienes consideran que cualquier cuestionamiento supone poner en duda la honestidad de los trabajadores.

La realidad, como suele ocurrir, es bastante más compleja.

La inmensa mayoría de las bajas médicas responden a una necesidad real. Nadie elige lesionarse, padecer una enfermedad o atravesar un problema de salud que le impida desarrollar su trabajo con normalidad. La incapacidad temporal es un derecho que protege al trabajador cuando realmente no puede desempeñar su actividad, y constituye uno de los pilares de nuestro sistema de protección social.

Ahora bien, reconocer esta realidad no debería impedir admitir otra que también existe: el fraude. Como ocurre con cualquier prestación pública, siempre habrá quien intente aprovecharse del sistema fingiendo o exagerando una dolencia para obtener un beneficio al que no tendría derecho. Negarlo sería tan ingenuo como injusto para quienes utilizan las bajas con total honestidad.

Pero tampoco debemos caer en el extremo contrario.

Hay trabajadores que, por sentido del deber o por temor a perjudicar a la empresa o a sus compañeros, acuden a su puesto de trabajo aun encontrándose en unas condiciones físicas que desaconsejarían hacerlo. Ese compromiso merece reconocimiento, pero tampoco convierte a nadie en un ejemplo a imitar. Si la enfermedad limita seriamente la capacidad para trabajar, o si además es contagiosa, presentarse en el trabajo puede acabar provocando más problemas que soluciones: menor rendimiento, riesgo de accidentes o la transmisión de la enfermedad a otros compañeros.

Ni fingir una enfermedad para quedarse en casa es un motivo de orgullo, ni acudir enfermo al trabajo debería considerarse un acto heroico.

La clave está en la responsabilidad.

Responsabilidad para solicitar una baja cuando realmente es necesaria, sin sentirse culpable por cuidar de la propia salud. Y responsabilidad también para no solicitarla cuando no existe una causa médica que la justifique.

Conviene además recordar una consecuencia que pocas veces se menciona. Cuando un trabajador falta injustificadamente, su trabajo no desaparece. En la mayoría de las ocasiones tendrá que asumirlo algún compañero, que verá incrementada su carga de trabajo para cubrir una ausencia que no le corresponde. El perjuicio no solo recae sobre la empresa o sobre la Seguridad Social; también afecta directamente a quienes comparten cada día el esfuerzo del trabajo.

Resulta especialmente llamativo que algunas personas lleguen incluso a presumir ante amigos o conocidos de haber "engañado al sistema". En realidad, no hay nada admirable en defraudar. El dinero de las prestaciones procede de las cotizaciones de todos y los costes derivados del absentismo injustificado terminan repercutiendo sobre empresas, trabajadores y sobre el conjunto de la sociedad.

La confianza es un bien muy valioso. Cada baja fraudulenta siembra sospechas sobre miles de trabajadores honestos que realmente necesitan recuperarse. Y esa desconfianza termina perjudicando precisamente a quienes actúan correctamente.

Por eso, el debate sobre el absentismo no debería enfrentarnos entre trabajadores y empresas, ni entre quienes enferman y quienes permanecen sanos. El verdadero reto consiste en preservar un sistema que protege a quien realmente lo necesita y, al mismo tiempo, impedir que unos pocos lo deterioren con comportamientos irresponsables.

Para eso existen los mecanismos de control. Corresponde a los profesionales sanitarios emitir las bajas cuando la situación clínica lo justifique, y a la inspección médica velar para que esas incapacidades temporales se mantengan únicamente mientras persistan las causas que las motivaron. Del mismo modo, también deben procurar que ningún trabajador continúe desempeñando su actividad cuando su estado de salud pueda poner en riesgo su propia recuperación o la de quienes le rodean.

Los derechos y los deberes siempre han caminado juntos. También en el ámbito laboral. Una baja médica no debe verse como un privilegio ni como un castigo, sino como un instrumento al servicio de la salud. Y como todo instrumento que se sostiene sobre la confianza de la sociedad, requiere honestidad por parte de quien la solicita y rigor por parte de quienes tienen la responsabilidad de supervisarla. Solo así podremos proteger, al mismo tiempo, la salud de los trabajadores, la viabilidad de las empresas y la credibilidad de nuestro sistema de protección social.

viernes, 3 de julio de 2026

Cuando el hambre llama a la puerta

Hay una frase que rara vez aparece en los programas electorales, pero que cualquier gobernante debería tener grabada en la mesa de su despacho:

"Nunca pongas a un padre en la situación de tener que elegir entre cumplir la ley o alimentar a sus hijos."

VOX defiende la llamada prioridad nacional, una propuesta según la cual los españoles deberían tener preferencia en el acceso a determinadas ayudas sociales frente a los inmigrantes. Es una idea que encuentra apoyo en una parte importante de la sociedad, especialmente entre quienes consideran injusto que personas recién llegadas reciban prestaciones mientras muchos españoles atraviesan dificultades.

Ese debate es legítimo.

Como también lo es preguntarse si nuestro sistema de ayudas necesita una profunda revisión para evitar fraudes, abusos o el conocido "efecto llamada".

Pero hay otra pregunta que apenas se formula.

¿Qué ocurre el día después?

Porque las políticas no se miden únicamente por sus intenciones, sino también por sus consecuencias.

Imaginemos que esa prioridad nacional se aplica de forma inmediata. Miles de familias extranjeras perderían de un día para otro buena parte de los ingresos con los que sobreviven. No hablamos de quienes viven cómodamente de las ayudas, sino también de familias con niños pequeños, personas enfermas o trabajadores cuyos salarios no alcanzan para llegar a fin de mes.

¿Qué harán esas familias?

Muchos responderán que regresen a sus países.

Ojalá fuera tan sencillo.

Volver cuesta dinero. Hace falta documentación, billetes, contactos y, en muchos casos, regresar significa volver a un país donde ya no queda nada.

Mientras tanto, seguirán aquí.

Y el hambre no entiende de ideologías.

Cuando un adulto pasa hambre puede soportarlo durante un tiempo. Cuando quien pasa hambre es un hijo, la situación cambia radicalmente.

Cualquier padre intenta proteger a sus hijos.

Primero pedirá ayuda.

Después acudirá a organizaciones benéficas.

Más tarde buscará cualquier trabajo, aunque sea ilegal.

Y cuando ya no quede ninguna salida...

Nadie puede asegurar hasta dónde es capaz de llegar una persona desesperada.

La historia demuestra que la pobreza extrema aumenta la delincuencia, los robos y la economía sumergida. No porque los pobres sean delincuentes, sino porque la desesperación destruye los límites que normalmente respetamos.

No es una cuestión moral.

Es una cuestión humana.

Y eso termina afectándonos a todos.

Más inseguridad en los barrios.

Mayor presión sobre las ONG.

Hospitales atendiendo personas sin recursos.

Servicios sociales desbordados.

Más economía ilegal.

Más explotación laboral.

Y, probablemente, un aumento de la tensión entre españoles e inmigrantes.

Paradójicamente, una medida pensada para mejorar la convivencia podría deteriorarla si no viene acompañada de un plan de transición.

Porque una cosa es cambiar las reglas.

Y otra muy distinta dejar a miles de personas sin ninguna alternativa.

Si el objetivo final es que quienes no tengan derecho a permanecer en España regresen a sus países, ese proceso necesita tiempo, recursos y acuerdos internacionales.

Mientras tanto, esas personas seguirán viviendo aquí.

La pregunta es sencilla.

¿Queremos que sobrevivan dentro de la legalidad o empujarlas hacia la marginalidad?

No se trata de mantener ayudas indefinidamente.

Ni de premiar la inmigración irregular.

Se trata de evitar que el remedio termine siendo peor que la enfermedad.

Las sociedades fuertes no son las que toman decisiones más duras.

Son las que saben aplicarlas con inteligencia.

Porque gobernar no consiste únicamente en satisfacer a quienes piensan como uno.

Consiste, sobre todo, en prever las consecuencias de cada decisión antes de que las paguemos todos.

jueves, 2 de julio de 2026

Hay un país donde el tiempo corre más despacio

Hay un país extraño donde los relojes funcionan de otra manera.

Allí nadie tiene prisa porque un niño tarde diez minutos en recoger una piedra "especial". Nadie protesta si hay que detenerse veinte veces para ver hormigas, perseguir mariposas o descubrir que la luna también sale de día.

Es un país donde las historias nunca terminan exactamente igual, donde los monstruos siempre acaban haciéndose amigos y donde una caja de cartón puede convertirse en un castillo, un barco pirata o una nave espacial.

Ese país existe.

Se llama... la casa de los abuelos.

Cuando somos padres, vivimos pendientes del reloj. Hay que llegar al colegio, preparar la cena, hacer deberes, trabajar, dormir... Todo tiene una hora.

Los abuelos, en cambio, hemos aprendido una lección que sólo enseña la vida: que las mejores cosas casi nunca tienen horario.

Quizá sea porque ya sabemos lo deprisa que pasa el tiempo.

Un día sostienes en brazos a tu hijo y, sin darte cuenta, eres tú quien sostiene a su hijo.

Y descubres que el corazón tiene una capacidad extraordinaria: puede volver a enamorarse exactamente igual que la primera vez.

Solo que ahora ese amor tiene otro nombre.

Se llama nieto.

Los nietos tienen un extraño poder.

Nos obligan a volver a agacharnos para mirar un caracol.

Nos hacen recordar canciones que creíamos olvidadas.

Nos convencen de que un helado siempre sabe mejor si gotea un poco por la barbilla.

Y, sobre todo, nos regalan algo que creíamos perdido: la capacidad de asombrarnos.

Ellos creen que nosotros les enseñamos cosas.

La verdad es exactamente la contraria.

Son ellos quienes nos enseñan a vivir otra vez.

No todos los niños tienen la suerte de crecer cerca de sus abuelos.

Y no todos los abuelos pueden disfrutar de sus nietos tanto como quisieran.

Por eso, cada abrazo, cada tarde compartida, cada cuento antes de dormir y cada paseo sin rumbo son pequeños tesoros que conviene guardar muy dentro.

El próximo 26 de julio, festividad de San Joaquín y Santa Ana, celebramos el Día de los Abuelos.

No debería ser una fecha para regalar una corbata o un ramo de flores.

Debería ser una excusa para regalar tiempo.

Porque eso es lo único que, cuando llega cierta edad, sabemos que tiene un valor incalculable.

Una comida en familia.

Una videollamada.

Una fotografía.

Un dibujo hecho con cuatro garabatos.

O simplemente un beso inesperado.

Los abuelos no aspiramos a ser héroes.

Nos basta con que, dentro de muchos años, cuando nuestros nietos recuerden su infancia, aparezcamos en algún rincón de sus mejores recuerdos.

Si eso ocurre, habremos hecho bien nuestro trabajo.

Hace ya algún tiempo comencé un pequeño blog personal llamado "Ya somos abuelos", donde voy dejando reflexiones, anécdotas y sentimientos sobre esta maravillosa aventura de ser abuelo.

No pretende dar lecciones a nadie.

Solo compartir esas pequeñas cosas que casi todos los abuelos terminamos viviendo y que, curiosamente, casi todos entendemos sin necesidad de explicarlas.

A todos los abuelos, y también a quienes aún conservan el recuerdo de los suyos: feliz Día de los Abuelos. Disfrutad de ese abrazo, de esa llamada o de esa sonrisa. Son los pequeños momentos los que terminan llenando una vida entera.

Si os apetece leer más historias, reflexiones y vivencias sobre esta maravillosa aventura, os espero en Ya somos abuelos

miércoles, 1 de julio de 2026

Cuando España concede una nacionalidad, Europa también adquiere un ciudadano

Hay una realidad de la que apenas se habla. El debate sobre la inmigración suele centrarse en España: cuántos llegan, cuántos trabajan, cuántos cotizan o cuánto cuesta atenderlos. Sin embargo, existe una consecuencia mucho más amplia que rara vez aparece en la discusión pública.

Cuando España concede la nacionalidad a un extranjero, no solo está creando un ciudadano español. Está incorporando un nuevo ciudadano de la Unión Europea.

Y eso cambia completamente la dimensión del debate.

Quien obtiene un pasaporte español adquiere, además de los derechos propios de nuestro ordenamiento, la libertad de circular, residir y trabajar en cualquiera de los Estados miembros de la Unión Europea, con las limitaciones y condiciones previstas por el Derecho europeo. En otras palabras, la decisión que adopta el Gobierno español no afecta únicamente a España, sino al conjunto del espacio europeo.


Un asunto nacional... con consecuencias europeas

Cada Estado conserva la competencia para conceder o retirar su nacionalidad. Así lo reconocen los Tratados de la Unión Europea.

Sin embargo, esa decisión nacional produce automáticamente efectos europeos, porque la ciudadanía de la Unión deriva de la nacionalidad de un Estado miembro.

Es decir, Bruselas no decide quién obtiene la ciudadanía europea. Lo hacen los veintisiete Estados, cada uno con sus propios criterios, procedimientos y ritmos.

Y aquí aparece una paradoja.

Mientras la Unión Europea dedica enormes recursos a controlar sus fronteras exteriores, armonizar políticas migratorias y reforzar agencias como Frontex, la puerta de entrada definitiva a la ciudadanía europea sigue dependiendo de decisiones exclusivamente nacionales.

Los argumentos a favor

Quienes defienden una política amplia de nacionalizaciones sostienen que la integración debe culminar precisamente con la obtención de la nacionalidad.

Un inmigrante que lleva años trabajando, pagando impuestos, aprendiendo el idioma y formando una familia difícilmente puede permanecer indefinidamente como un residente temporal.

Además, España afronta un grave problema demográfico.

La baja natalidad y el envejecimiento de la población generan importantes tensiones sobre el mercado laboral y el sistema de pensiones. En determinados sectores económicos ya resulta difícil encontrar trabajadores.

Desde esta perspectiva, facilitar la integración jurídica de quienes ya viven y contribuyen al país puede entenderse como una inversión de futuro.

Los argumentos críticos

Pero también existen interrogantes legítimos.

La integración no depende únicamente del tiempo de residencia.

Exige conocimiento del idioma, aceptación del marco constitucional, participación en la sociedad y respeto por los valores democráticos.

Cuando la concesión de nacionalidades aumenta de forma muy rápida, algunos ciudadanos se preguntan si los mecanismos de comprobación son suficientes y si existe una verdadera política de integración detrás de las cifras.

A ello se suma otra cuestión poco debatida.

Cada nuevo nacional español adquiere automáticamente el derecho a trasladarse a cualquier otro país europeo.

Por ello, algunos gobiernos europeos observan con interés —aunque rara vez lo expresen públicamente— las políticas de nacionalización de sus socios, porque sus efectos no terminan en la frontera española.

¿Debería existir una mayor coordinación europea?

Probablemente ésta sea la gran cuestión de los próximos años.

No parece realista que la Unión Europea asuma la competencia para conceder nacionalidades, ya que ello afectaría a uno de los elementos más sensibles de la soberanía nacional.

Pero tampoco resulta extraño preguntarse si deberían existir unos criterios mínimos comunes sobre integración, residencia efectiva o procedimientos de acceso cuando la decisión de un Estado genera consecuencias para todos los demás.

No se trata de cuestionar la soberanía española.

Se trata de reconocer que, desde que existe la ciudadanía europea, las decisiones nacionales han dejado de ser exclusivamente nacionales.

Una pregunta incómoda

La inmigración seguirá siendo necesaria para muchas economías europeas.

También seguirá siendo objeto de un intenso debate político.

Pero quizá estamos formulando mal la pregunta.

No basta con preguntarse si una política de nacionalizaciones beneficia o perjudica a España.

La cuestión es otra.

¿Puede seguir siendo una decisión exclusivamente nacional cuando sus efectos alcanzan a toda la Unión Europea?

Porque cuando España concede una nacionalidad, no solo nace un nuevo español.

También nace un nuevo ciudadano europeo.

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