Hay un país extraño donde los relojes funcionan de otra manera.
Allí nadie tiene prisa porque un niño tarde diez minutos en recoger una piedra "especial". Nadie protesta si hay que detenerse veinte veces para ver hormigas, perseguir mariposas o descubrir que la luna también sale de día.
Es un país donde las historias nunca terminan exactamente igual, donde los monstruos siempre acaban haciéndose amigos y donde una caja de cartón puede convertirse en un castillo, un barco pirata o una nave espacial.
Ese país existe.
Se llama... la casa de los abuelos.
Cuando somos padres, vivimos pendientes del reloj. Hay que llegar al colegio, preparar la cena, hacer deberes, trabajar, dormir... Todo tiene una hora.
Los abuelos, en cambio, hemos aprendido una lección que sólo enseña la vida: que las mejores cosas casi nunca tienen horario.
Quizá sea porque ya sabemos lo deprisa que pasa el tiempo.
Un día sostienes en brazos a tu hijo y, sin darte cuenta, eres tú quien sostiene a su hijo.
Y descubres que el corazón tiene una capacidad extraordinaria: puede volver a enamorarse exactamente igual que la primera vez.
Solo que ahora ese amor tiene otro nombre.
Se llama nieto.
Los nietos tienen un extraño poder.
Nos obligan a volver a agacharnos para mirar un caracol.
Nos hacen recordar canciones que creíamos olvidadas.
Nos convencen de que un helado siempre sabe mejor si gotea un poco por la barbilla.
Y, sobre todo, nos regalan algo que creíamos perdido: la capacidad de asombrarnos.
Ellos creen que nosotros les enseñamos cosas.
La verdad es exactamente la contraria.
Son ellos quienes nos enseñan a vivir otra vez.
No todos los niños tienen la suerte de crecer cerca de sus abuelos.
Y no todos los abuelos pueden disfrutar de sus nietos tanto como quisieran.
Por eso, cada abrazo, cada tarde compartida, cada cuento antes de dormir y cada paseo sin rumbo son pequeños tesoros que conviene guardar muy dentro.
El próximo 26 de julio, festividad de San Joaquín y Santa Ana, celebramos el Día de los Abuelos.
No debería ser una fecha para regalar una corbata o un ramo de flores.
Debería ser una excusa para regalar tiempo.
Porque eso es lo único que, cuando llega cierta edad, sabemos que tiene un valor incalculable.
Una comida en familia.
Una videollamada.
Una fotografía.
Un dibujo hecho con cuatro garabatos.
O simplemente un beso inesperado.
Los abuelos no aspiramos a ser héroes.
Nos basta con que, dentro de muchos años, cuando nuestros nietos recuerden su infancia, aparezcamos en algún rincón de sus mejores recuerdos.
Si eso ocurre, habremos hecho bien nuestro trabajo.
Hace ya algún tiempo comencé un pequeño blog personal llamado "Ya somos abuelos", donde voy dejando reflexiones, anécdotas y sentimientos sobre esta maravillosa aventura de ser abuelo.
No pretende dar lecciones a nadie.
Solo compartir esas pequeñas cosas que casi todos los abuelos terminamos viviendo y que, curiosamente, casi todos entendemos sin necesidad de explicarlas.
A todos los abuelos, y también a quienes aún conservan el recuerdo de los suyos: feliz Día de los Abuelos. Disfrutad de ese abrazo, de esa llamada o de esa sonrisa. Son los pequeños momentos los que terminan llenando una vida entera.
Si os apetece leer más historias, reflexiones y vivencias sobre esta maravillosa aventura, os espero en Ya somos abuelos


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