Una reflexión sobre la materia, la vida, la muerte, los recuerdos y ese misterio extraordinario que llamamos conciencia.
Hace unos días me encontré con una frase que, aunque contenía algunos errores desde el punto de vista científico, me dejó pensando:
«La materia es tan solo una enorme acumulación de energía y, cuando muramos y dejemos escapar la energía que mantiene unidos nuestros átomos, técnicamente nos caeremos al vasto universo.»
La frase no es correcta, pero plantea una pregunta fascinante: ¿qué ocurre realmente con nosotros cuando morimos?
Y, curiosamente, intentar responderla nos lleva mucho más lejos de lo que podríamos imaginar. Nos lleva al nacimiento de las estrellas, a los átomos que forman nuestro cuerpo, a la vida, a la memoria, a los sentimientos y, finalmente, a una de las preguntas más difíciles que todavía se hace la ciencia:
¿Cómo puede la materia llegar a pensar y ser consciente de su propia existencia?
No pretendo dar respuestas definitivas. Al contrario. Lo interesante está precisamente en las preguntas.
Todo empieza mucho antes de nosotros
Cuando miramos nuestro cuerpo, tendemos a pensar que somos algo que apareció en el momento de nuestro nacimiento.
Pero nuestros átomos cuentan una historia completamente diferente.
El hidrógeno que contiene nuestro organismo procede, en última instancia, del universo primitivo. Otros elementos como el carbono, el oxígeno, el nitrógeno, el calcio o el hierro tuvieron que fabricarse posteriormente en el interior de las estrellas o en acontecimientos cósmicos extraordinariamente violentos.
Las estrellas nacen, viven y mueren. En su interior se fabrican nuevos elementos que después son expulsados al espacio.
Con el tiempo, ese material puede formar nuevas estrellas, planetas y, finalmente, organismos vivos.
De modo que cuando miramos nuestra mano estamos contemplando algo bastante extraordinario: una estructura que existe desde hace unas décadas, pero cuyos componentes tienen una historia de miles de millones de años.
Somos, literalmente, materia con una historia cósmica.
La conocida expresión «somos polvo de estrellas» no es solamente una bonita metáfora.
Tiene una base científica.
Pero nosotros no somos simplemente nuestros átomos
Aquí aparece una cuestión interesante.
Nuestro cuerpo está formado por una enorme cantidad de átomos. Sin embargo, ninguno de ellos está vivo por sí mismo.
Un átomo de carbono no está vivo.
Una molécula de agua tampoco.
Una molécula de proteína tampoco.
Lo que llamamos vida aparece cuando cantidades enormes de materia se organizan de una determinada manera y mantienen una serie extraordinariamente compleja de procesos.
Y esto es importante porque quizá nos proporciona una primera pista para entender qué somos.
Tal vez no somos tanto una cosa como un proceso.
Nuestros átomos cambian constantemente. Incorporamos materia al comer y al respirar y expulsamos materia continuamente. Nuestras células se renuevan, nuestras moléculas se modifican y nuestro organismo está permanentemente intercambiando materia y energía con el exterior.
Sin embargo, seguimos sintiendo que somos la misma persona.
¿Qué permanece?
No exactamente los mismos átomos.
Parece permanecer algo mucho más difícil de definir: la organización y continuidad del proceso.
¿Qué ocurre cuando morimos?
La muerte tampoco consiste en que la materia desaparezca.
Cuando el corazón deja de funcionar, el organismo deja progresivamente de poder mantener las condiciones necesarias para conservar su extraordinaria organización biológica.
Las células dejan de recibir oxígeno y nutrientes. Se alteran sus procesos químicos. Los tejidos comienzan a deteriorarse y finalmente los microorganismos empiezan a descomponerlos.
Pero los átomos continúan ahí.
El carbono no desaparece.
El calcio no desaparece.
El hierro no desaparece.
El agua tampoco.
Cambian de lugar y de combinación.
Parte de esa materia puede terminar en el suelo, otra en el agua, otra en la atmósfera. Puede incorporarse a plantas y microorganismos y, posteriormente, pasar a otros animales.
Un átomo de carbono que hoy forma parte de nuestro cuerpo podría terminar formando parte de una planta dentro de unos años.
Después podría pasar a un animal.
Y posteriormente regresar a la atmósfera.
La materia continúa su viaje.
¿Y la energía?
Aquí conviene corregir otra idea muy extendida.
Cuando morimos no se produce una especie de liberación repentina de la energía que mantiene unidos nuestros átomos.
La energía que participa en nuestro organismo se encuentra en diferentes formas y está constantemente transformándose.
Mientras estamos vivos comemos, respiramos, producimos calor, nos movemos y realizamos miles de millones de reacciones químicas.
La energía química de los alimentos permite mantener nuestro organismo funcionando y una parte importante termina finalmente convertida en calor.
Después de la muerte continúan produciéndose transformaciones químicas y biológicas.
La energía no desaparece.
Se transforma.
La materia tampoco desaparece.
Se transforma y se redistribuye.
Pero hay que tener cuidado con una afirmación: esto no significa que nosotros, como personas, sigamos existiendo simplemente porque nuestros átomos y nuestra energía continúen.
La persona es algo más que la materia de la que está hecha.
Y ahí empieza la parte verdaderamente interesante.
La materia que piensa
Imaginemos que pudiéramos hacer una lista de todos los componentes de nuestro cuerpo.
Agua.
Carbono.
Oxígeno.
Proteínas.
Grasas.
Minerales.
Sales.
Ácidos nucleicos.
Y una enorme variedad de moléculas.
Nada de esa lista parece contener una cosa llamada «pensamiento».
Sin embargo, dentro de nuestro cerebro ocurre algo extraordinario.
Decenas de miles de millones de neuronas se comunican entre sí mediante señales eléctricas y químicas. Forman redes enormemente complejas y dinámicas.
Y de ese funcionamiento surgen nuestras capacidades para percibir, recordar, aprender, decidir y sentir.
Una neurona aislada no piensa.
Pero tampoco una gota de agua tiene las propiedades de un océano.
Cuando un número enorme de elementos interactúa de una determinada manera pueden aparecer propiedades que no encontramos en cada elemento por separado.
A esto se le suele llamar emergencia.
Y quizá la conciencia sea uno de los ejemplos más extraordinarios de este fenómeno.
¿Dónde está un recuerdo?
Pensemos en algo muy sencillo.
Recuerdas una bicicleta que tuviste hace muchos años.
¿Dónde está ese recuerdo?
No existe dentro del cerebro una pequeña fotografía de aquella bicicleta.
El recuerdo está relacionado con cambios físicos en las conexiones entre neuronas y con determinados patrones de actividad cerebral.
Y hay algo todavía más curioso:
cuando recordamos algo, nuestro cerebro no parece limitarse a abrir un archivo y reproducirlo. Lo reconstruye.
Por eso los recuerdos pueden cambiar.
Podemos estar completamente convencidos de recordar una escena y, sin embargo, equivocarnos en determinados detalles.
Nuestra memoria no es una biblioteca perfecta.
Es un proceso dinámico.
Y eso nos lleva a una pregunta que parece sencilla pero no lo es:
¿Cómo puede un conjunto de procesos físicos producir la experiencia de recordar?
El misterio de sentir
Podemos imaginar que algún día conoceremos con enorme precisión lo que ocurre en el cerebro cuando una persona ve el color rojo.
Podríamos registrar qué neuronas intervienen, qué señales eléctricas se producen, qué sustancias químicas participan y qué regiones del cerebro se activan.
Pero todavía quedaría una pregunta:
¿Por qué todo ese proceso va acompañado de la experiencia de ver rojo?
¿Por qué existe una experiencia?
¿Por qué no somos simplemente máquinas biológicas que procesan información sin experimentar absolutamente nada?
Este es uno de los grandes problemas abiertos en el estudio de la conciencia.
La ciencia ha avanzado muchísimo en el conocimiento del cerebro, pero todavía no tenemos una explicación completa de por qué determinados procesos cerebrales van acompañados de una experiencia subjetiva.
Sabemos mucho sobre lo que hace el cerebro.
Sabemos bastante sobre cómo lo hace.
Pero todavía no sabemos explicar completamente por qué hay algo que se siente desde dentro.
Y están los sentimientos
Los sentimientos hacen todavía más complicada la cuestión.
El miedo, por ejemplo, no es simplemente un pensamiento que aparece en nuestra cabeza.
Cuando sentimos miedo cambia nuestra respiración, nuestro ritmo cardíaco, nuestra tensión muscular y nuestra actividad cerebral. Intervienen hormonas, memoria, percepción y mecanismos de supervivencia.
Nuestro cuerpo entero participa.
Esto nos recuerda algo que quizá hemos olvidado: mente y cuerpo no son dos mundos completamente separados.
Pensamos con un cerebro que forma parte de un organismo.
Sentimos con un organismo entero.
¿Somos la misma persona que hace veinte años?
Aquí aparece otra cuestión fascinante.
Hace veinte años eras una persona diferente en muchos aspectos.
Has aprendido cosas.
Has olvidado otras.
Tu cuerpo ha cambiado.
Tus células han cambiado.
Tus experiencias han modificado tu cerebro.
Y, sin embargo, cuando miras una fotografía de aquella época dices:
«Ese soy yo.»
¿Qué es entonces lo que proporciona continuidad a nuestra identidad?
Probablemente no sea la permanencia de una determinada colección de átomos.
Es la continuidad de un proceso.
Tus recuerdos.
Tus experiencias.
Tu personalidad.
Tus relaciones.
Tus aprendizajes.
La historia que conecta al niño, al joven y al adulto que eres ahora.
Quizá el «yo» sea algo parecido a una llama.
Una llama parece una cosa, pero las moléculas que participan en ella están cambiando constantemente.
La llama existe como proceso.
Nosotros también podríamos ser, en cierto sentido, procesos extraordinariamente complejos que se mantienen durante un tiempo determinado.
Una parte del universo que puede preguntarse por el universo
Y aquí llegamos a la idea que personalmente encuentro más fascinante.
Durante miles de millones de años, el universo estuvo formando estrellas, galaxias y planetas.
La materia se organizó en moléculas.
Aparecieron sistemas capaces de reproducirse.
Surgió la vida.
Aparecieron organismos cada vez más complejos.
Y en algún momento, en algún lugar de este universo, una determinada organización de la materia produjo algo extraordinario:
un ser capaz de preguntarse qué es la materia.
Es decir, el universo produjo estructuras capaces de observar el universo.
Nosotros somos una de ellas.
Cuando miramos las estrellas, estamos mirando objetos que forman parte de la misma realidad física de la que estamos hechos.
Y cuando intentamos comprenderlas, nuestro cerebro está utilizando materia que procede de esa misma historia cósmica.
De alguna manera, el universo está intentando comprenderse a sí mismo a través de nosotros.
No hace falta convertir esta afirmación en algo místico.
Es una manera poética de describir un hecho extraordinario: somos parte del universo y, al mismo tiempo, tenemos la capacidad de construir una representación mental del universo y preguntarnos por nuestro lugar en él.
¿Y qué ocurre con nosotros al final?
Volvamos a la pregunta inicial.
Cuando muramos no nos «caeremos» al universo porque la energía escape de nuestro cuerpo.
La gravedad continuará actuando sobre nuestros restos exactamente igual que antes.
La materia seguirá siendo materia.
La energía seguirá transformándose.
Los átomos que hoy forman nuestro cuerpo continuarán su viaje.
Algunos quizá terminarán en el suelo.
Otros en una planta.
Otros en el agua.
Otros en la atmósfera.
Y, con el paso de muchísimo tiempo, algunos podrían terminar viajando por lugares muy alejados de aquel pequeño planeta en el que durante un breve instante estuvieron organizados como nosotros.
Pero hay algo que sí desaparece.
La organización concreta que llamamos «yo».
Ese conjunto de recuerdos, pensamientos, sentimientos, experiencias y relaciones que hace que una determinada colección de materia sea una persona y no simplemente materia.
Y aquí la ciencia llega, por ahora, a una frontera.
Podemos estudiar qué ocurre con el cuerpo.
Podemos estudiar qué ocurre con el cerebro.
Podemos estudiar cómo funcionan las neuronas.
Pero la pregunta de por qué existe una experiencia subjetiva, por qué existe un «yo» que contempla el mundo desde dentro, sigue siendo uno de los grandes misterios.
Quizá somos un instante
Al principio hablábamos de nuestros átomos.
Ahora podemos volver a ellos.
Los átomos que forman nuestro cuerpo son antiquísimos.
Han estado viajando durante miles de millones de años.
Nosotros, en cambio, somos relativamente recientes.
Y nuestra existencia individual es brevísima comparada con la edad del universo.
Podríamos verlo de una manera triste.
O de una manera completamente diferente.
Durante miles de millones de años, la materia que hoy forma nuestro cuerpo estuvo dispersa por el universo. Durante unas pocas décadas se organizó de una manera extraordinariamente compleja que permitió que apareciera una persona capaz de amar, recordar, sentir curiosidad, mirar las estrellas y preguntarse de dónde venía.
Después, esa organización desaparecerá.
Pero los componentes continuarán su viaje.
Quizá eso sea una de las cosas más sorprendentes de nuestra existencia.
No somos algo separado del universo.
Somos una parte del universo que, durante un breve instante, ha adquirido la capacidad de contemplarlo.
Y quizá la pregunta más fascinante no sea qué ocurrirá con nosotros cuando muramos.
Quizá sea otra:
¿Cómo consiguió la materia llegar a hacerse preguntas sobre sí misma?
Esa pregunta, de momento, sigue abierta.

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