Esta mañana me he encontrado con una persona a la que no veía desde hacía más de cuarenta años.
Al principio nos hemos mirado con esa expresión que todos conocemos: «¿De qué me suena esta cara?». Los años habían hecho su trabajo y, aunque algo quedaba en los rasgos, ninguno de los dos era ya aquel muchacho que el otro recordaba.
Pero bastaron unos segundos para que nos reconociéramos.
Y entonces ocurrió algo curioso. Nos saludamos con una naturalidad absoluta, como si no hubieran pasado cuarenta años. Unas palabras, unas sonrisas, un «¡cuánto tiempo!» y un «¡qué alegría verte!». Después, cada uno siguió con la gente que le acompañaba.
Y me quedé pensando.
¿Seguíamos siendo amigos?
La pregunta puede parecer absurda. Después de cuarenta años sin vernos, sin hablar, sin compartir nada de nuestras vidas, quizá lo lógico sería decir que no. Que fuimos amigos. En pasado, pero, sin embargo, al encontrarnos no éramos dos desconocidos. Había algo allí que el tiempo no había conseguido borrar.
Quizá la amistad sea también eso: una relación que puede quedar dormida durante décadas y que, al reencontrarse, recupera durante unos instantes una familiaridad que parecía perdida.
Pero hay otra clase de amistad que me resulta mucho más difícil de entender.
La de aquellas personas con las que hemos compartido mucho, incluso muchísimo, y que siguen viviendo en nuestra misma ciudad. Personas con las que hemos coincidido cientos de veces. En una calle, en una tienda, en una fiesta, en un acontecimiento, quizá incluso a pocos metros de distancia, y, sin embargo, poco a poco dejamos de hablarnos.
Primero los encuentros son frecuentes. Después empiezan a espaciarse. Los saludos se vuelven más breves porque ya no sabemos muy bien qué contarnos. Luego aparece ese incómodo «¿qué tal?» que se responde con un «bien, ¿y tú?» y poco más. Hasta que un día nos cruzamos y hacemos como que no nos hemos visto.
No ha habido una discusión.
Nadie ha hecho nada malo.
No existe un motivo concreto para dejar de ser amigos.
Simplemente, la vida ha ido pasando.
Y aquí es donde me pregunto: ¿cuándo dejamos de ser amigos?
¿En qué momento exacto se produce esa ruptura que nadie ha decidido?
¿Es el tiempo?
¿Es la distancia?
¿Es que nuestras vidas han tomado caminos diferentes?
¿Es la falta de intereses comunes?
¿Es la apatía?
¿O quizá la amistad necesita algo que muchas veces olvidamos: atención?
Porque quizá una amistad no desaparece porque deje de existir el cariño, sino porque dejamos de alimentarla.
Hay relaciones que sobreviven al tiempo porque existe un vínculo tan fuerte que basta un encuentro para recuperar lo que parecía perdido. Y hay otras que, aunque durante un tiempo fueron importantes, necesitan de la presencia, de las conversaciones, de compartir cosas pequeñas para seguir vivas.
Y eso me lleva a pensar que no todas las amistades están destinadas a durar para siempre.
Y no pasa nada.
Hay personas que forman parte de una etapa de nuestra vida. Fueron importantes entonces y quizá lo seguirán siendo en nuestros recuerdos, aunque ya no formen parte de nuestro presente.
También hay amistades que simplemente se transforman.
El amigo con el que hablábamos todos los días se convierte en alguien al que vemos una vez al año. El compañero de juventud pasa a ser una persona con la que apenas coincidimos. Y, sin embargo, cuando nos encontramos, existe todavía ese pequeño hilo invisible que nos une a quienes fuimos.
Quizá por eso aquel encuentro de esta mañana me ha resultado tan especial.
Porque me ha hecho pensar que hay amistades que no necesitan continuidad para demostrar que existieron.
Y también que hay otras que quizá hemos dejado morir sin darnos cuenta.
Tal vez deberíamos preguntarnos alguna vez por ellas.
Por ese amigo al que hace tiempo que no llamamos.
Por aquella persona con la que compartimos tantas cosas y a la que ahora apenas saludamos.
No para recuperar necesariamente lo que fuimos. El tiempo no se puede rebobinar y las personas cambiamos.
Simplemente para comprobar si todavía queda algo.
Un café.
Una conversación.
Un «¿te acuerdas de aquello?».
A veces quizá sea suficiente.
Porque, al final, no sé si existe un momento concreto en el que dos personas dejan de ser amigas.
Quizá una amistad no termina cuando dejamos de vernos, ni siquiera cuando dejamos de hablarnos.
Quizá termina cuando el otro deja de importarnos.
Y quizá, mientras quede un poco de afecto, un recuerdo compartido o esa sonrisa espontánea que aparece después de cuarenta años sin vernos, la amistad no ha desaparecido del todo.
Simplemente estaba esperando a que la vida volviera a cruzar nuestros caminos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario