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miércoles, 4 de noviembre de 2026

Mandar no es dirigir

Una reflexión sobre la responsabilidad y el liderazgo, a propósito de la dimisión de Óscar Puente

Durante mi vida profesional tuve la oportunidad de recorrer distintos puestos y departamentos, aprendiendo los oficios y las particularidades de cada uno de ellos. Con el tiempo fui ascendiendo de categoría hasta asumir la responsabilidad de dirigir dos departamentos, sustituyendo a quienes me habían precedido en esos puestos.

Recuerdo que, al principio, mis compañeros se dirigían a mí llamándome «jefe». Sin embargo, pronto comprendí que aquella denominación no reflejaba exactamente cómo entendía yo mi función. No me consideraba su jefe, sino su responsable.

¿Qué diferencia hay entre ambas cosas? Para mí, mucha.

Había conocido a responsables que entendían su cometido como el de dar instrucciones a los operarios y esperar que estos las llevaran a cabo. Pero no siempre conocían suficientemente los trabajos, sus dificultades o los medios necesarios para realizarlos. En ocasiones, quienes recibían las órdenes tenían que ingeniárselas para encontrar la manera de cumplirlas, con el consiguiente riesgo de cometer errores o fracasar en el intento.

Mi manera de entender la responsabilidad era otra.

Un responsable debe conocer el trabajo que tiene entre manos. Debe estudiar previamente cómo hacerlo, qué materiales necesita, con qué personal cuenta y qué recursos pueden faltar. Debe anticiparse a las dificultades, evaluar los riesgos y procurar que los problemas no aparezcan cuando ya es demasiado tarde.

Y, sobre todo, debe estar junto a sus compañeros cuando llega el momento de ejecutar el trabajo. No detrás de una mesa, esperando resultados, sino al frente, siguiendo los progresos, detectando desviaciones y corrigiéndolas cuando todavía hay tiempo.

En definitiva, no se trata de mandar a otros que hagan las cosas, sino de conseguir que puedan hacerlas bien.

Esta experiencia personal me lleva inevitablemente a reflexionar sobre lo ocurrido en el Ministerio de Transportes y, particularmente, sobre la reciente dimisión de Óscar Puente.

No pretendo atribuirle personalmente la causa de los accidentes ferroviarios, algo que corresponde determinar a las investigaciones. Tampoco sería justo responsabilizar de antemano a los trabajadores que, desde sus respectivos puestos, desarrollan su actividad dentro de una organización compleja.

Pero hay una cuestión que considero fundamental: ¿qué significa realmente ser responsable de un departamento como el de Transportes?

Un ministro no tiene por qué saber reparar una vía, manejar un sistema de señalización o dirigir una operación ferroviaria. Para eso existen profesionales cualificados, técnicos y responsables de cada área. Pero sí tiene la obligación de conocer suficientemente el funcionamiento del sistema que dirige, saber qué necesita, exigir que se dispongan los medios humanos y materiales adecuados, establecer mecanismos de control y comprobar que las cosas funcionan como deberían.

No basta con recibir informes, anunciar inversiones, presentar proyectos o confiar en que cada departamento cumpla con su cometido. Hay que saber si los recursos llegan, si las actuaciones se ejecutan, si los problemas se resuelven y, especialmente, si los mecanismos de seguridad funcionan.

Porque un responsable no puede limitarse a preguntar por qué algo ha salido mal cuando ya se ha producido una tragedia. Su obligación es trabajar para que esa tragedia no llegue a producirse.

Los dos gravísimos accidentes ferroviarios de este año, con tantas vidas perdidas, obligan a plantearse preguntas que van mucho más allá de la persona que ocupa el Ministerio. ¿Funcionaban los mecanismos de supervisión? ¿Se conocían las deficiencias? ¿Se habían previsto los riesgos? ¿Se disponía de los medios necesarios? ¿Se habían corregido los problemas detectados?

Son preguntas que deben tener respuestas claras y que no pueden quedar resueltas simplemente con la dimisión de un ministro.

Óscar Puente ha presentado su dimisión, asumiendo una responsabilidad política que considero necesaria ante la magnitud de lo sucedido. Pero dimitir no es lo mismo que esclarecer las causas ni garantizar que algo así no vuelva a ocurrir.

Mi reflexión es que necesitamos menos jefes y más responsables. Personas que conozcan aquello que tienen a su cargo, que sepan rodearse de profesionales, que les proporcionen los medios necesarios y que no se limiten a exigir resultados, sino que trabajen para hacerlos posibles.

Porque cuando las cosas salen bien, el mérito suele repartirse entre todos. Pero cuando salen mal, quien tiene la responsabilidad de dirigir no puede esconderse detrás de quienes ejecutan el trabajo.

Eso lo aprendí durante mi vida profesional: estar al frente no significa estar por encima de los demás. Significa asumir la responsabilidad de que todos puedan hacer bien su trabajo.

Y esa es, a mi entender, la diferencia entre mandar y dirigir.

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