Cada vez que leo determinados comentarios en los que se compara la vida durante el franquismo con la que disfrutamos actualmente, me pregunto si quienes hacen esas comparaciones se han detenido a pensar en algo tan elemental como el paso del tiempo.
Entre la España de la posguerra y la España de hoy han transcurrido más de ochenta años. Ocho décadas en las que el mundo ha cambiado radicalmente. Han cambiado la economía, la industria, la agricultura, las relaciones laborales, la educación, la sanidad, las comunicaciones, la tecnología, las relaciones comerciales y, por supuesto, las relaciones internacionales.
¿De verdad alguien puede pensar que España habría permanecido ajena a todos esos cambios?
El mundo no se quedó parado esperando a que España cambiara de régimen. Europa se reconstruyó después de la Segunda Guerra Mundial, experimentó un extraordinario desarrollo industrial y económico, amplió sus mercados y fue creando un espacio de cooperación e integración que terminó transformando profundamente la vida de sus ciudadanos.
España, por su situación geográfica, económica y estratégica, no podía permanecer indefinidamente al margen de esa evolución. Necesitaba modernizarse, abrir sus mercados, desarrollar su industria, mejorar sus infraestructuras y acercarse a sus vecinos europeos. No era solamente una cuestión de voluntad política: era una necesidad impuesta por la propia evolución del mundo.
Y esto es precisamente lo que creo que olvidan algunos cuando establecen comparaciones tan simplistas.
La evolución de España no puede explicarse exclusivamente por quién ocupaba el poder en cada momento. Las circunstancias internacionales, el desarrollo tecnológico, los cambios económicos y la propia transformación de la sociedad habrían empujado al país hacia la modernización con independencia de quién estuviera al frente del Gobierno.
¿Habría sucedido exactamente igual? Evidentemente, no podemos saberlo. ¿Habría ocurrido a la misma velocidad? Tampoco. Pero pensar que España podía mantenerse indefinidamente al margen de la evolución europea es desconocer cómo funciona el mundo.
Esto no significa equiparar responsabilidades ni justificar decisiones políticas. El franquismo fue una dictadura, con ausencia de libertades, represión política y enormes costes humanos y sociales. Y tampoco significa ignorar que determinadas decisiones del régimen condicionaron negativamente el desarrollo del país, especialmente durante la autarquía y los primeros años de aislamiento internacional.
Pero una cosa es valorar y juzgar un régimen político, algo perfectamente legítimo y necesario, y otra muy distinta atribuirle, para bien o para mal, todos los cambios que se produjeron durante su existencia.
También conviene recordar que el acercamiento a Europa no fue una ocurrencia exclusiva de un determinado partido ni una concesión ideológica de un Gobierno concreto. España necesitaba incorporarse a la realidad europea. El régimen franquista buscó aproximaciones económicas y diplomáticas; posteriormente, la Transición democrática consolidó ese camino y, finalmente, la entrada en la Comunidad Económica Europea en 1986 culminó una aspiración que respondía a intereses nacionales mucho más amplios que los de cualquier partido.
Por eso, cuando alguien compara lo que tenía una familia española en los años cuarenta o cincuenta con lo que tiene una familia actualmente, convendría preguntarle si cree sinceramente que el resultado habría sido el mismo de haber gobernado Franco, otro dirigente o cualquier otra formación política.
Porque el verdadero término de comparación no debería ser solamente quién gobernaba, sino también en qué mundo vivíamos, de dónde veníamos y hacia dónde avanzaba el resto de Europa.
No es lo mismo analizar la España que salía de una guerra civil, con una economía destrozada y en un contexto internacional extraordinariamente difícil, que analizar un país integrado en la Unión Europea, con décadas de desarrollo económico, avances científicos, tecnológicos y sociales a sus espaldas.
Podemos discutir, y debemos hacerlo, sobre los aciertos y errores de cada Gobierno, sobre las libertades que tuvimos o nos faltaron, sobre las oportunidades perdidas y sobre las decisiones que marcaron nuestro futuro.
Pero comparar épocas tan diferentes como si las condiciones de partida fueran las mismas no es hacer historia: es utilizar la historia como argumento para defender una posición política.
La España actual no es solamente el resultado de quienes han gobernado en los últimos años, del mismo modo que la España de los años sesenta o setenta no fue exclusivamente el resultado de Franco. Es el resultado de décadas de transformaciones nacionales e internacionales, de decisiones políticas, de cambios sociales y de la evolución general de nuestro entorno.
Y creo que, para entender nuestro pasado y valorar nuestro presente, deberíamos empezar por reconocer algo tan sencillo como esto: los años pasan, el mundo cambia y ningún país puede vivir al margen de su tiempo.

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