Hay algo inquietante en el ambiente que respiramos últimamente. No es nuevo, pero sí cada vez más intenso: una especie de competición por ver quién rescata la imagen más hiriente, el texto más incendiario, el episodio más oscuro de nuestra historia reciente. Como si remover constantemente las cenizas fuese a darnos calor, y no precisamente lo contrario.
La Guerra Civil fue una tragedia colectiva. Lo fue para unos y para otros. Y, sin embargo, da la impresión de que algunos se empeñan en utilizarla como arma arrojadiza en el presente, como si los españoles de hoy tuviéramos cuentas pendientes que saldar por hechos que no vivimos, decisiones que no tomamos y odios que no sembramos.
Se lanzan fotos, recortes, consignas… pero no se construye nada. Al contrario: se alimenta una crispación artificial que acaba calando en la sociedad real, en vecinos, en familias, en personas que hasta ayer convivían sin necesidad de mirarse con recelo.
Y es aquí donde conviene recordar algo que parece haberse olvidado: lo más valioso que hemos sido capaces de hacer como país en el último siglo no fue ganar una guerra, sino cerrar sus heridas. La Transición no fue perfecta —nada humano lo es—, pero sí fue un ejercicio admirable de renuncia, de generosidad y, sobre todo, de sentido común. Supimos, entre todos, priorizar la convivencia sobre la revancha.
Por eso resulta tan desconcertante ver cómo, desde distintos ámbitos, se dinamita ese espíritu. Como si la paz lograda fuese un estorbo y no un logro. Como si la reconciliación fuese sospechosa y la confrontación, en cambio, rentable.
Tal vez ha llegado el momento de exigir un poco más de altura. Menos ruido, menos consigna y más voluntad de convivencia. Porque si algo nos enseñó nuestra historia es precisamente lo que ocurre cuando dejamos de vernos como ciudadanos y empezamos a tratarnos como enemigos.
Y sinceramente, ya deberíamos haber aprendido la lección.


No hay comentarios:
Publicar un comentario