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viernes, 16 de enero de 2026

Progresistas de palabra

Eran tres amigos y compañeros de trabajo. Mismo horario, mismo sueldo, misma cafetería a media mañana y las mismas quejas sobre lo mal que estaba todo. Si uno los miraba desde fuera, habría jurado que llevaban vidas prácticamente idénticas. Pero bastaba con escucharles cinco minutos para saber que no pensaban igual.

Julián no ocultaba su inclinación a la derecha. No hacía proselitismo, pero tampoco pedía perdón por pensar como pensaba. Carlos se definía como progresista “sin complejos” y Marcos iba más allá: comunista declarado, de los que creen que el problema del mundo es que aún no se ha aplicado bien la teoría.

Salían del edificio gris a la misma hora de todos los jueves, cuando el día ya había decidido no dar más de sí. Tres hombres, tres credenciales colgadas aún del cuello y un cansancio parecido, aunque cada uno lo explicara de forma distinta. 

Julián caminaba con paso firme. No alzaba la voz, pero tenía la costumbre de terminar las frases como quien pone un punto final definitivo. Carlos iba a su izquierda, siempre dispuesto a teorizar, a matizar, a elevar cualquier conversación al plano de las ideas. Y Marcos cerraba el grupo, con una sonrisa irónica permanente y una pegatina mental que decía “comunista” incluso cuando hablaba del tiempo.

Al doblar la esquina de la avenida, los vieron.

Una pareja joven, sentada en el suelo, con dos niños envueltos en mantas que habían conocido tiempos mejores. Un cartón hacía de pared improvisada y un vaso de plástico, colocado con precisión humilde, pedía sin palabras lo que las miradas gritaban.

—Esto es vergonzoso —dijo Carlos—. Que en un país moderno haya familias así…

—Es el capitalismo —añadió Marcos—. La desigualdad inherente al sistema. Esto no debería existir.

Siguieron caminando. Nadie se detuvo. Nadie sacó una moneda. Nadie miró atrás.

—Curioso —comentó Julián tras unos pasos—. Mucha indignación, pero cero ayuda.

Marcos resopló.

—No empieces. Esto no se arregla con limosnas. Para eso está el Estado.

—Claro —añadió Carlos—. La solidaridad no es individual, es colectiva. Pagamos impuestos para que nadie tenga que vivir así.

Julián se paró. Los otros dos, incómodos, hicieron lo mismo.

—Entonces dejad que lo entienda bien —dijo—. Cuando habláis de ayudar al prójimo, habláis del Estado. Nunca de vosotros.

—Es una cuestión de justicia social —replicó Marcos—, no de caridad.

—De acuerdo —asintió Julián—. Sigamos con la lógica. Si la ayuda la gestiona el Estado, ¿sabéis quién de los tres está ayudando más a ese Estado?

Silencio.

—Yo —continuó—. Porque a mí la declaración de la renta me sale a pagar. A vosotros os sale a devolver. Cobramos lo mismo, trabajamos lo mismo, pero el sistema considera que yo aún debo y que a vosotros os ha cobrado de más.

Carlos intentó decir algo, pero Julián no le dio tiempo.

—Así que, según vuestra propia teoría, el solidario práctico soy yo. No porque sea más generoso, sino porque pongo más dinero real sobre la mesa. Y aun así, al pasar junto a esa familia, ninguno de los dos ha hecho absolutamente nada.

—Eso es una simplificación —protestó Marcos—. El problema es estructural.

—Y la familia es real —respondió Julián—. Está ahí, ahora, pasando frío. Pero parece que vuestra solidaridad empieza siempre en los presupuestos generales y termina antes de llegar al bolsillo propio.

Bajaron al metro en silencio. Cada uno con su relato interior intacto, pero no todos con la conciencia igual de cómoda.

Porque hay una diferencia fundamental entre predicar la solidaridad y practicarla. Entre exigir justicia social y ejercer la responsabilidad personal. Entre hablar del prójimo y ayudar al que tienes delante.

Y quizá el mayor autoengaño de nuestro tiempo sea ese: creer que delegar la moral en el Estado nos exime de ejercerla como individuos. Ser progresista de discurso es fácil. Ser coherente, bastante menos.

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