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miércoles, 7 de enero de 2026

La concordia no gana elecciones

Hay una verdad incómoda que rara vez se dice en voz alta: la concordia no gana elecciones. Gana el conflicto, gana el miedo, gana el “que vienen los otros”. Y mientras ese sea el combustible del sistema, da igual quién gobierne: la sociedad seguirá partida en dos mitades que se turnan para deshacer lo que hizo la anterior.

Se nos vende la polarización como un accidente, como una patología reciente causada por las redes sociales o por líderes especialmente broncos. Es falso. La polarización no es un fallo del sistema democrático, es uno de sus efectos cuando los incentivos están mal diseñados.

Porque siempre habrá una mayoría —propia o prestada— que gobierne. Y siempre habrá una minoría que se sienta excluida. El problema no es ese. El problema es que todo depende de quién manda en cada momento: la educación de tus hijos, la pensión de tus padres, la fiscalidad de tu negocio o el relato de la historia reciente.

El error de origen

Hemos confundido alternancia con demolición. Cada cambio de gobierno no corrige, arrastra la piqueta. No se gobierna sobre lo existente, se gobierna contra lo anterior. Y así, cada ley nace con fecha de caducidad electoral.

Luego nos sorprendemos de vivir en una sociedad crispada.

La concordia no es unanimidad

Conviene aclararlo: no existe un gobierno que contente a todos. Quien lo prometa miente o aspira a algo peor. La concordia no consiste en pensar igual, sino en sacar lo esencial del combate partidista.

Las democracias que funcionan mejor no son más virtuosas ni más educadas. Son más aburridas. Han decidido que ciertas cosas no se tocan cada cuatro años:

  • Pensiones

  • Educación básica

  • Sanidad

  • Política exterior

  • Infraestructuras estratégicas

No porque haya consenso moral, sino porque hay reglas que lo imponen.

Menos épica, más reglas

La experiencia comparada es tozuda:

  • Pactos de Estado blindados por mayorías reforzadas

  • Gobiernos minoritarios obligados a negociar ley a ley

  • Organismos técnicos realmente independientes

  • Parlamentos donde el diputado responde más a su distrito que a su partido

Nada de esto elimina el conflicto, pero lo encauza. Reduce el ruido y eleva el coste del sectarismo.

El verdadero problema: los incentivos

Mientras insultar dé votos, se insultará. Mientras exagerar dé titulares, se exagerará. Mientras dividir movilice más que gestionar, se dividirá.

No es un problema de personas, es de incentivos perversos. Pedimos concordia a políticos que sobreviven electoralmente gracias a la confrontación. Es como pedirle a un pirómano que actúe de bombero.

Una oposición con poder real

Otro mito: que una oposición responsable nace de la buena voluntad. No. Nace de tener poder institucional.

Cuando la oposición controla órganos de fiscalización, accede a la información y preside contrapesos reales, no necesita incendiar la calle ni el Parlamento. Cuando no los tiene, la bronca es su único recurso.

La conclusión que no gusta

La concordia exige renuncias:

  • Menos control del relato

  • Menos propaganda

  • Menos “los míos contra los otros”

  • Menos política convertida en espectáculo

Y eso tiene un precio electoral.

Por eso la concordia se invoca mucho y se practica poco.

No porque sea imposible, sino porque no es rentable.

Hasta que no aceptemos que gobernar bien es más importante que ganar el siguiente titular, seguiremos atrapados en esta rueda: mayorías que imponen, minorías que bloquean y ciudadanos cada vez más cansados.

La pregunta no es si queremos concordia.

La pregunta es si estamos dispuestos a votar en consecuencia.

Porque tal vez el problema no sea que los políticos no sepan pactar.

Tal vez el problema sea que una parte nada despreciable de la sociedad prefiere el enfrentamiento: confirma sus prejuicios, da identidad, proporciona culpables y evita la incómoda tarea de pensar.



La concordia exige ciudadanos adultos.

Y eso —como las pensiones, la educación o la responsabilidad fiscal— tampoco se consigue a golpe de eslogan.

Quizá por eso seguimos eligiendo ruido.

Y luego nos quejamos del eco.

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