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jueves, 19 de febrero de 2026

Seguridad, libertad y rostro descubierto

Vivimos tiempos recios. No hace falta encender mucho la televisión para comprobarlo. Y cuando los tiempos se revuelven, los ciudadanos —todos— buscamos pequeños anclajes de seguridad. Uno de ellos, quizá el más elemental, es poder mirarnos a la cara.

Porque el rostro no es solo una cuestión estética. Es identidad. Es confianza. Es reconocimiento. Es humanidad compartida.

Vaya por delante algo que considero innegociable: me opongo frontalmente a cualquier forma de denigración de la mujer. Y me inquieta que, en pleno siglo XXI, haya mujeres que transiten nuestras calles cubiertas con burka o niqab, prendas que, según parece, encuentran su justificación en interpretaciones religiosas del islam. Pero el debate no debería plantearse desde la caricatura ni desde el rechazo instintivo.

La cuestión, a mi juicio, no es religiosa. Es cívica. En una sociedad abierta, donde compartimos espacio público, normas y responsabilidades, ¿es razonable que no podamos identificar el rostro de quien tenemos delante? No hablo de perseguir creencias. Hablo de convivencia. En tiempos de incertidumbre, todos nos sentimos más tranquilos cuando el que se cruza con nosotros en la acera tiene cara, mirada y expresión.

Ahora bien, prohibir sin más tampoco parece la solución mágica. Antes de legislar a golpe de titular, convendría entender el porqué.

Habrá mujeres que usen estas prendas convencidas de su conveniencia. En esos casos, la respuesta no puede ser la imposición desde fuera. La educación —no el adoctrinamiento—, el contacto cultural, la experiencia de vivir en una sociedad donde hombres y mujeres gozan de iguales derechos, puede ir generando cambios más sólidos que cualquier decreto.

Pero hay otro escenario, mucho más delicado: el de aquellas que no lo llevan por convicción sino por imposición marital o familiar. Aquí la cuestión se vuelve dramática. Si el Gobierno prohíbe el uso del burka o el niqab, pero en su casa alguien las obliga a llevarlo, ¿qué ocurre? ¿Quién asume las consecuencias cuando la ley pública choca con la coerción privada? La mujer queda atrapada entre la norma del Estado y la presión del entorno. Entre la espada —nunca mejor dicho— y la pared.

Sancionar a la portadora puede resultar injusto si es, en realidad, la parte débil. Y limitarse a prohibir sin acompañar la medida de políticas de integración, protección y apoyo puede dejar a muchas más expuestas que antes.

Quizá el enfoque debería desplazarse: menos centrado en la prenda y más en la libertad real de quien la viste. Más protección efectiva frente a la coacción. Más educación en igualdad dirigida también —y sobre todo— a los hombres. Porque cambiar mentalidades no es fácil, pero es la única vía que produce transformaciones duraderas.

El debate, por tanto, no es “burka sí” o “burka no”. El debate es qué tipo de sociedad queremos ser: una que reacciona con prohibiciones inmediatas o una que, sin renunciar a la seguridad y a la convivencia, pone el foco en la dignidad y la autonomía de la persona.

Yo lo tengo claro: el espacio público debe ser un lugar de encuentro entre ciudadanos reconocibles y responsables. Pero también debe ser un espacio donde ninguna mujer —de ninguna religión— viva sometida.

Si algo necesitamos en estos tiempos revueltos es menos eslogan y más reflexión. Y, sobre todo, no olvidar que detrás de cada prenda hay una persona. Y esa persona merece algo más que un titular.

Si mañana se prohibiera el burka, ¿a quién estaríamos protegiendo realmente?

¿A la sociedad… o a nuestra sensación de control?

Y si no se prohibiera nunca, ¿estaríamos amparando la libertad… o tolerando una posible sumisión?

No es un debate sencillo. Y precisamente por eso merece algo más que consignas.

Les leo.

miércoles, 18 de febrero de 2026

El frágil equilibrio del salario mínimo

Cada vez que se anuncia una nueva subida del Salario Mínimo Interprofesional, el debate vuelve a encenderse con la misma intensidad de siempre. Para unos, es una conquista social irrenunciable; para otros, un golpe más a la viabilidad de muchas empresas. Como casi siempre en economía, la realidad no es tan simple como los eslóganes.

La economía no es un tablero de juego en el que se puedan mover las fichas sin consecuencias. Es, más bien, una balanza delicada, un sistema de equilibrios donde cada decisión repercute en muchas otras. Subir los salarios puede ser una medida justa y necesaria, pero también implica costes reales para quienes tienen que pagarlos.

Nadie discute que un trabajador debe poder vivir dignamente con el fruto de su esfuerzo. Es un principio básico de justicia social. No se puede sostener una economía sana si quienes trabajan a jornada completa no llegan a fin de mes. Pero tampoco se puede ignorar la otra cara de la moneda: la del empresario que tiene que hacer números cada mes para que la empresa siga en pie.

Porque, a veces, desde los despachos se habla de “las empresas” como si todas fueran gigantes con beneficios millonarios. Y esa es una imagen que no se corresponde con la realidad de nuestro país. En España, la inmensa mayoría del tejido empresarial está formado por pequeñas y medianas empresas: comercios familiares, talleres, bares, autónomos con uno o dos empleados. Negocios que no cotizan en bolsa ni reparten dividendos astronómicos, sino que viven al día, pendientes de cada factura y de cada subida de costes.

Para ellos, cada incremento obligatorio supone algo más que una cifra en un boletín oficial. Es una nueva preocupación. Es rehacer presupuestos, apretar márgenes, renunciar a inversiones o, en el peor de los casos, replantearse si merece la pena seguir abiertos.

Subir el salario mínimo no es solo subir el sueldo base. Es también incrementar cotizaciones, indemnizaciones, pagas extras y otros costes asociados. Es decir, el impacto real para la empresa suele ser bastante mayor que el porcentaje anunciado en la rueda de prensa.

Y aquí es donde aparece ese frágil equilibrio del que casi nadie habla. Si el salario es demasiado bajo, el trabajador no puede vivir con dignidad. Pero si los costes son demasiado altos, la empresa no puede sostener el empleo. Y sin empresa, no hay salario posible.

La economía real no se mueve por consignas ideológicas, sino por cuentas de resultados. Una empresa necesita beneficios, no por codicia, sino por supervivencia. Sin beneficios no hay inversión, no hay crecimiento, no hay empleo. Pretender lo contrario es ignorar cómo funciona el mundo fuera de los discursos.

Eso no significa que los salarios no deban subir. Deben hacerlo cuando la productividad, el crecimiento económico y la situación general lo permitan. Pero convertir cada subida del SMI en una carrera política, en una competición de quién anuncia el número más alto, puede acabar teniendo efectos contrarios a los que se buscan.

Porque las grandes multinacionales tienen músculo financiero para absorber casi cualquier golpe. Pero las pequeñas empresas no. A ellas, cada nuevo coste —sea un impuesto, una cotización o un aumento salarial— les suena como un martillazo en los cimientos.

Y cuando los cimientos se resquebrajan, no cae un despacho ministerial. Cae un bar del barrio, una tienda de toda la vida o un pequeño taller. Y con ellos, los empleos que sostenían.

Por eso, antes de celebrar cada subida del salario mínimo como si fuera una victoria sin costes, convendría recordar esa balanza delicada. Porque la economía no es una consigna, es un equilibrio. Y cuando ese equilibrio se rompe, las consecuencias siempre las pagan los mismos: los trabajadores que pierden su empleo y los pequeños empresarios que cierran la persiana.

Entre el sueldo digno y la empresa viable no debería haber una guerra. Debería haber un punto de encuentro. Porque solo cuando ambos lados de la balanza se sostienen mutuamente, la economía puede avanzar sin romperse.

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